sábado, 13 de octubre de 2012

Venganza

Estaba lo más tranquilo en mi casa, tirado en un sillón, a oscuras y tomando una cerveza… bueno, en realidad era la cuarta botella. Estaba garabateando palabras sobre un anotador, la verdad no me caía una gota de inspiración. En eso sonó el teléfono, la verdad es que no lo atiendo nunca, de hecho es muy raro que suene, siempre digo que el que de verdad quiere comunicarse debería dejarme un mensaje, para eso tengo ese puto contestador automático que por suerte es gratis y lo ofrece la compañía telefónica como parte de la línea y luego, quizás lo escuche y quizás quiera llamarte o no, pero al fin y al cabo la decisión es mía. Bueno, la gente no entiende esto y a veces sucedía lo que estaba sucediendo ahora, que el teléfono no paraba de sonar una y otra vez. Me ganó por cansancio y atendí de mala gana, era Diego, un conocido al que no había vuelto a ver desde que se cogió a la mujer que me gustaba, pero el enojo ya había pasado y con unas copas de más casi ni se notaba. De hecho creo que estuvieron de novios un tiempo y luego cortaron.

—¿Por qué mierda no me atendías? —dijo.
—Eh… estaba ocupado.
—¿Ocupado en qué?, si no hacés una mierda, seguro estabas chupando, casi que puedo olerte el alcohol desde acá.
—Sí, le estaba chupando la concha a tu vieja, te manda saludos.
—Ehhhh, tranquilo pelotudo eh.
—¿Qué mierda querés?
—Tranquilo flaco, escúchame, hoy es el cumpleaños de la hermana de un amigo, de Lucas, te acordás de Lucas?
—No…
—Sos un pelotudo, Lucas, el de la hermana que está buena.
—Bueno, no puedo acordarme de todos los pelotudos que veo.
—Bueh, sí, es medio pelotudo, eso es cierto, pero el caso es que hoy hay fiesta, en casa de la hermana, Lucía, quiero ver si pasa algo, porque está sola… pero llamé a los otros y nadie puede, me quiero matar, no quiero ir solo.
—Y me llamás a mi como último recurso…
—Noooo, no es eso, igual te hubiera llamado, además va a estar lleno de minas, algo vas a comer, pero Lucía es mía, además hay alcohol gratis, mucho, ¿te acordás de Lucía no?, la viste varias veces.
—No… ni idea, pero me interesa lo del alcohol…
—¡La rubia!, flaquita…
—No tengo la más puta idea… pero decime la dirección y la hora.
—No te hagas drama, te paso a buscar en el auto, creo que empieza como a las 22, pero vamos a llegar un poco más tarde, vos estate listo a esa hora, que tenemos bastante viaje.
—¿Dónde mierda vive?
—Y, medio lejos, en el oeste.
—Uh, la puta que la parió, bueno, te espero y ahora te dejo porque me estoy cagando, a menos que me quieras escuchar cagar.
—No hijo de puta, paso a las 22, estate listo, chau, que cagues lindo.
—Gracias, chau.

Que tipo pesado… bueno, parece que me había convencido y después de meses de no salir a ningún lado, por fin iba a pisar el mundo exterior. Mientras cagaba miré la hora, eran 21:30, este tipo es un hijo de puta —pensé— en media hora tenía que estar listo. Terminé de cagar y fui hasta el living, agarré la botella de cerveza del piso y la terminé de un solo sorbo. Fui a la cocina y me hice un café, quería salir del estado de letargo que se apoderaba de mí en ese momento. Me puse un jean, una camisa y zapatillas, bebí otro café mientras fumaba un cigarrillo y me quedé tirado en el sillón esperando.

Por fin tocaron el timbre, ya me estaba quedado dormido. Era él. Agarré las llaves, la billetera y los cigarrillos, bajé y estaba Diego con el auto en la puerta, subí y nos saludamos.

—¡Qué hacés tanto tiempo! —exclamó Diego.
—Nada, ahí ando, lo de siempre.

No hablamos en el resto del viaje, yo prefería mirar el paisaje urbano por la ventanilla, hasta que al final del camino me dijo:

—Ya estamos llegando, mirá que con esa onda no vas a comerte ninguna minita hoy eh.
—Eso te lo dejo a vos, yo voy por el alcohol.

No contestó.

Estacionamos y bajamos del auto, lo seguí a Diego, él sabía la dirección. Llegamos y toqué el timbre, era una casa grande, opulenta. Nos abrió la puerta una chica, rubia, hermosa.

—¡Luuuuuu!, qué hacés hermosa —la saludó Diego.
—Hola bombón, ¿quién es tu amigo?, ¡presentanos!
—Ah, es Pablo, ya lo viste otras veces.
—Sí, me acuerdo, pero no me acordaba el nombre.
—Bueno, él tampoco se acordaba de vos.
—¡Ja!, mentira, claro que me acordaba, ¿qué tal Lu?, ¡feliz cumpleaños! —Mentí.
—¡Gracias!, todo bien, vení pasá.

Apenas entré, Lucía cerró la puerta y perdí a ambos, se fueron quién sabe dónde. Había un montón de gente bailando, música a todo volumen, luces que destellaban, la verdad estaba un poco aturdido, le pregunté a un tipo dónde estaba el alcohol y me señaló una mesa ubicada en la lejanía, le agradecí y me dirigí hacia la mesa, había de todo, Fernet, Cerveza, Whisky, Ron, Amarula, Vodka, latas de “Speed”, Coca Cola, Sprite, etcétera.

Me serví fernet con coca cola y me llevé el vaso recorriendo el salón, encontré un sillón en lo que parecía ser el living de la casa y me senté a disfrutar mi fernet. Cinco minutos después me encontré con Lucía que vino hacia mí.

—¡A vosssssssss!, te estaba buscandoooooooo —dijo Lucía.
—¿A mí?
—Sí, hermoso, vení, seguime.

Claramente estaba ebria, vino con un vaso lleno de cerveza. Recordé que Diego quería algo con ella, pero la verdad me importó una mierda. Me pregunté cuanto tiempo hacía que estaba bebiendo.

—Claro preciosa, te sigo —dije.

Me llevó hasta la otra parte de la casa, había una escalera, subimos y abrió una puerta.

—Este es mi cuarto, vení…

Apenas entré, cerró la puerta y vino hacia mi, le acerqué la cara y me dio un beso, se separó y me miró con los ojos desorbitados, luego me dio otro beso, esta vez con lengua, me separé y le dije “esperá” y cerré la puerta con llave, la agarré de la cabeza y nos besamos, ella me tocaba la entrepierna, la arrojé a la cama, se levantó la minifalda y yo me encargué de bajarle la bombacha, me saqué los pantalones y los calzones, me arrojé encima de ella, nos besamos, le saqué la musculosa que llevaba puesta y le besé las tetas, se las chupé, recorrí su cuerpo a besos hasta llegar a su sexo y se lo chupé también, ella me agarraba del pelo, gemía fuerte. Fui hasta sus pechos nuevamente mientras ella me agarraba la pija y se la introducía, estaba como loca, gemía como desaforada, comencé a cogerla, la di vuelta y la agarré de los pelos mientras la cogía desde atrás, ella acabó unas tres veces mientras yo seguía embistiéndola, hasta que tocó mi turno, se la saqué de adentro y la di vuelta, me acerqué a su cara y ella abrió la boca esperando el cálido elixir, me masturbé escasos segundos hasta derramarme sobre su cara, se relamió y me la chupó un poco más. Después de eso me acomodé a su lado, ella abrió un cajón de la mesa de luz, sacó pañuelos y se limpió la cara.

—Volvamos a la fiesta —me dijo.
—Bueno, dale.
—Bajá vos primero, así no sospechan.
—Ok…

Salí de la habitación y bajé, me había olvidado mi fernet en su habitación así que fui a la mesa donde estaba la bebida y me serví una cerveza, en eso apareció Diego.

—¡Hey!, ¿dónde andabas?
—Por ahí, bebiendo y recorriendo la casa —respondí.
—Ah. Bien… yo no pude encontrar a Lucía, ¿vos la viste?, no sé donde mierda está.
—No, ni idea, creo que la vi con un flaco, yendo arriba.
—¿Arriba?, ahí está su habitación… que hija de puta, bueno, basta, yo me voy a la mierda de acá, ¿vos venís o te quedás?
—¿Tan temprano?
—Sí, me cago en todos, vos quédate si querés.
—No, vamos, ya fue.

Salimos y fuimos hasta el auto. Diego arrancó con furia.

—Al final, te cagaron la mina —le dije.
—Callate, ni me hables de eso, peor vos que te la pasaste chupando.
—Por el tiempo que estuvimos… creo que fuimos los primeros en irnos —dije.
—Bueno, te hubieras quedado, no me rompas las bolas, estoy re caliente.

Eso fue todo lo que hablamos en el viaje, que duró como una hora. Me dejó en mi casa, nos saludamos y subí a mi departamento. Eran las 2 a.m., temprano para mis horarios habituales. Me serví un vaso de whisky con hielo y me senté en el sillón, le di el primer sorbo y recosté la cabeza hacia atrás. Había sido una buena noche y una buena venganza.

domingo, 8 de julio de 2012

La Puerta

Diego vivía en un pueblito de la costa poco poblado. Era un chico de mejillas sonrosadas, ojos color café y pelo castaño claro, bien educado, amado por su familia, querido por todos; gustaba de pasar las tardes con amigos, ya sea jugando al fútbol o explorando el interior del bosquecito ubicado a escasas cuadras de su casa, donde había muchos árboles con copiosos follajes y una casa abandonada que los chicos del barrio utilizaban para sus juegos. Diego no tenía enemigos, no tenía maldad ni tenía temores, salvo uno: aquella puerta.

Siempre le causó curiosidad aquella puerta ubicada enfrente de su casa, cuando salía para jugar al fútbol con sus amigos la miraba, se preguntaba que había o quién vivía allí adentro, nunca vio salir ni entrar a nadie, la gente grande decía que aquella casa estaba abandonada, sin embargo no todo el tiempo la puerta permanecía cerrada, a veces salía de su casa y la puerta estaba entornada, eso lo asustaba, se la quedaba mirando, pero lo único que se alcanzaba a ver eran penumbras, nunca una luz encendida del otro lado, sólo oscuridad.

Aquella casa era tema tabú entre la gente grande del barrio, los padres no hablaban con los chicos sobre esa casa, siempre esquivaban la conversación. La realidad es que si bien los padres sabían lo que allí había ocurrido, ignoraban el porqué de la misteriosa puerta, todos eran conscientes que a veces la puerta estaba cerrada y otras veces entornada pero prefirieron jamás investigar, de todas formas la casa no le hacía daño a nadie, preferían pensar que la cerradura funcionaba mal y el viento hacía que la puerta se abra o cierre sola.

José, el abuelo de Diego, iba muchas noches a cenar con la familia, esto era motivo de alegría para Diego, ya que siempre le contaba historias antes de irse a dormir. Aquella noche cuando Diego estaba ya acostado, entró José, dispuesto a contarle alguna historia, se acomodó al lado de su cama pero Diego lo interrumpió.

—Abu…
—Sí Diegui, ¿qué pasa?
—¿Quién vive en la casa de enfrente?
—Bueno, no vive nadie ahí… ¿Querés que te cuente una historia?
—¿Sobre la casa?
—¡No!, de las que te cuento siempre, ¿querés?
—Quiero saber de la casa…
—Está bien, está bien, que chico curioso que sos, ¿tus padres no te contaron nada sobre la casa?
—No, nada.
—Bueno, pero todo lo que te cuente tiene que quedar entre vos y yo, ¿está bien?
—Sí, sí, ¡contame sobre la casa abu!
—Está bien… no es nada bueno lo que pasó allí. Hace mucho tiempo, antes que vos nacieras, en aquella casa vivía una familia, el papá, la mamá, tres hijos tenían. Un día, para el cumpleaños del hijo menor de la familia invitaron a todos sus amiguitos del colegio, eran muy chicos, jugaron, disfrutaron, hasta que llegó la hora de la torta, una torta de chocolate rellena con dulce de leche, según relataban los periódicos de aquel entonces, la comieron entusiasmados, lo que no sabían era que la torta estaba envenenada… la hizo el padre y no tuvo mejor idea que ponerle veneno para ratas, habían comidos todos, los hijos, los chicos y su esposa, todos murieron luego de revolverse en el piso con fuertes dolores en las entrañas y como si esto fuera poco a los que pudo les sacó los ojos para guardarlos en un frasco, estaba loco. Desde entonces se fueron filtrando versiones sobre lo que sucedió en aquella casa, algunos dicen que las almas en pena de todos esos niños siguen habitando allí en busca de venganza por su triste final y otros dicen que son puros cuentos. La casa estuvo en venta un tiempo, pero nadie quiso comprarla al enterarse de lo sucedido, hasta que finalmente desistieron y desde entonces está abandonada.
—¿Y el padre?
—Tengo entendido que lo dieron por loco y ahora está internado en un neuropsiquiátrico. Bueno, ahora por qué no te vas a dormir, ya es tarde y yo tengo que irme.
—Bueno abu, que descanses.
—Vos también Diegui. Adiós.

José le dio un beso en la frente a Diego y se fue.

Al día siguiente Diego se levantó temprano como siempre para ir al colegio, había dormido bien, él creía que iba a tener pesadillas pero esto no sucedió, estaba emocionado, al fin supo lo que ocurrió en esa casa y quería contárselo a sus amigos. Una vez en el recreo, Diego reunió a todos sus amigos y les contó la historia de la casa, todos quedaron sorprendidos y no tardó en aparecer el que quería ir a inspeccionarla. Algunos dudaron, se miraban entre ellos, otros más curiosos dijeron que sí, que había que hacerlo, finalmente todos se pusieron de acuerdo y trazaron un plan, esa tarde les dirían sus padres que iban a jugar al fútbol como tantas otras tardes, pero en realidad irían a inspeccionar la casa, todos estaban entre entusiasmados y temerosos, era toda una aventura.

Con el plan en mente se reunieron todos esa tarde en la esquina de la casa de Diego, había que ser cuidadosos para que no los vieran desde la casa de él. Cruzaron la calle y se acercaron a la puerta, estaba entreabierta, como tantas otras veces, todos se miraron entre sí, nadie se animaba a dar el primer paso hasta que Diego dio un paso al frente y con una mano empujó la puerta, ésta se abrió, Diego entró despacio y sus amigos lo siguieron, caminaron por el palier hasta dar a un living, sucio, abandonado, podrido. Cuando entraron todos la puerta se cerró de golpe, el último de la fila gritó y por instinto abrió la puerta y salió corriendo, sus otros compañeros lo siguieron, Diego quedó solo en la casa. Ya era la hora de la cena y Diego no volvía, sus familiares, preocupados, contactaron con las madres de los chicos que habitualmente jugaban al fútbol con él, nadie sabía nada, hasta que llamaron a la madre de Esteban, él le había confesado a su madre que no habían ido a jugar al fútbol aquella tarde sino que habían entrado en la casa. El padre de Diego salió corriendo hasta la casa de enfrente, abrió la puerta de un golpe e inspeccionó el lugar, estaba muy oscuro, apenas se podía ver, pero pudo divisar por la luz que entraba de la calle, la silueta de su hijo, tirado contra la pared del living, muerto, le faltaban los ojos.

sábado, 2 de junio de 2012

El Violento

Me despidieron del trabajo, la gerente me llamó a una sala de reunión y me lo comentó. Mi cara permaneció inmutable, respondí a todo con un seco “ok”, hasta que me aburrí de escucharla, me levanté y me fui de la sala, la dejé hablando sola. Ya me lo veía venir, estuve faltando bastante a causa de mis resacas y de quedarme escribiendo toda la noche, tampoco me gustaba lo que hacía, ni la gente con la que tenía que convivir en el día a día; odio a la gente. Fui hasta mi escritorio, me senté en la silla y abrí mi cajón, no tenía mucho que llevarme, había muchos papeles anotados con cosas de trabajo, varias biromes, un anotador, clips desparramados y un taco con papelitos de colores. Agarré el anotador y la mejor birome que encontré; de mi escritorio agarré mi paquete de cigarrillos y el encendedor. Me paré y me fui, en el camino me crucé con la gerente, que me miró con una cara entre extrañada y furiosa, le sonreí y seguí camino.

Una vez afuera del edificio me encendí un cigarrillo y me puse a caminar, caminé bastante, con el ceño fruncido, de vez en cuando frenaba en alguna vidriera y luego seguía caminando. Seguí hasta toparme con una plaza, muy bonita, había árboles, gente sentada en el pasto, bancos. Me acerqué y camine bordeando la plaza y examinándola más de cerca hasta que encontré un banco libre, me senté y me quedé mirando a la gente pasar, tan apurados ellos; los había de todo tipo, algunos escuchando música, algunos con cara de preocupación, otros con cara seria, bien vestidos, mal vestidos, pero nadie alegre. Hombres y mujeres caminando, inmiscuidos en sus pensamientos, atrapados en sus propios problemas, sumergidos en un mar de egocentrismo que les impide ver lo que pasa alrededor, perdiendo el tiempo trabajando ocho horas diarias para cobrar su dinero a fin de mes y creyendo que así son felices, gastándolo todo en impuestos, servicios y ropa cara, ignorando lo que de verdad vale en la vida, ignorando que lo que parece hacerlos felices es lo mismo que los destruye.

Cuando me cansé de ver pasar gente anclada a la sociedad como esclavos del siglo XXI me recosté sobre el banco, boca arriba, y miré el cielo, ah, pero allí todo era muy distinto, el despliegue de nubes, tan libres, dejándose llevar por el viento, pájaros volando por senderos aleatorios. Sentí tristeza por la raza humana, pensé que ojalá la humanidad toda llegue algún día a ser como nubes o pájaros, cerré los ojos y me quedé dormido, tranquilidad en el medio del caos.

Desperté cuando ya era de noche, o eso pensaba, pero en invierno anochece más temprano, no llevaba reloj así que no tenía idea de que hora era, pero debían ser las nueve y pico de la noche, me incorporé, si bien aún había gente caminando por ahí, no era el mismo caudal que hace unas horas. Me levanté y crucé la calle, luego caminé unas cuadras hasta que noté un negocio que me llamó la atención desde lejos, un cartel muy luminoso rezaba “The Temple Bar”. Llegué y miré para adentro a través del vidrio, un lugar bastante acogedor, sobre todo porque vi unas mesas que me gustaron bastante, hechas en madera gastada, la mesa era un rectángulo bastante angosto, donde dos personas sentadas enfrentadas estarían incómodas por el poco espacio, los asientos no eran sillas, eran bancos, con un respaldo alto, compartido con el asiento de la mesa de atrás; la luz era tenue pero suficiente. Entré y me dirigí hacia allí, me saqué el abrigo y lo dejé sobre la mesa, del lado de la pared, saqué mi anotador y mi birome, revisando encontré algunas cosas escritas de trabajo, de mi ahora ex trabajo, arranqué esas páginas, las hice un bollo y las dejé sobre la mesa. En eso llegó un bartender del lugar y me preguntó muy amablemente que quería tomar, le dije que me traiga la cerveza más fuerte que tenga, y eso hizo, me trajo una Otro Mundo Strong Red; por fin iba a tomar una buena cerveza y no esa mierda barata nacional. Me habían despedido, pero pensaba disfrutar al máximo el último dinero que me quedaba. Abrí el anotador y comencé a escribir algunas ideas para un relato, que con suerte llegaría a ser aunque sea una novela corta. A medida que la cerveza se acababa, mi mente iba nutriéndose de nuevas ideas, así fue que pedí y terminé dos cervezas más, hasta que llamé al bartender otra vez, era hora de empezar con la artillería pesada. Esta vez no le pedí lo más fuerte, le pedí el whisky más barato que tuviera y me trajo un J&B, se notaba que era un local de clase, el tipo quizás pensaba que yo era desquiciado… y no se equivocaba. Seguí escribiendo, hasta que un borracho imbécil, de los que andan bien vestidos y papá les paga el trago, tropezó y calló sobre mi mesa, con la mano intentó agarrarse de donde sea y tiro mi vaso de whisky encima de mi anotador. Me paré.

—¿Qué hacés borracho de mierda? —le dije.
—Eh, huevón, no me jodas las bolas —dijo mientras tambaleaba intentando pararse.
—¿Que no te joda qué?, ¿quién va a pagar esto imbécil?
—Dejame de joder flaco, porque te rompo la cara —dijo mientras se daba vuelta para irse.

Agarré el vaso de whisky y se lo partí en la cabeza antes que se aleje, el tipo se encorvó por el golpe y luego se dio vuelta, su desconcierto pronto se transformó en ira y se le notaba en la cara, me miró fijo mientras se tocaba la cabeza, vino corriendo hacia mi y me pegó una trompada en la cara que no pude esquivar, me caí al piso, de mi nariz brotaban ríos de sangre, me levanté con ayuda de la mesa y agarré la birome, el tipo se estaba yendo, me acerqué rápido y le toqué el hombro, se dio vuelta con suavidad como cantando victoria, entonces le clavé la birome en el ojo con una furia satánica, el tipo comenzó a gritar como maricón, se llevó las manos a los ojos, se sacó la birome y esta cayó al suelo, al tiempo que gritaba de dolor también gritaba “hijo de puta!, hijo de puta!” tapándose los dos ojos con las manos, la sangre brotaba de esa cavidad ocular peor que de mi nariz. De la sangre que estaba en el piso ya no se distinguía cuál era la mía y cual la de él.

Vino un gordo espantoso que hacía las veces de seguridad del lugar y me agarró de los pelos, con el último manotazo alcancé a agarrar mi anotador empapado en whisky y llevármelo al bolsillo, el sujeto me llevó arrastrando hasta la puerta del lugar y me empujó hacia la vereda, lo hizo con tanta fuerza que caí al piso. Cuando me estaba incorporando se volvió a abrir la puerta, era este gordo horripilante con mi abrigo, que me lo tiró por la cabeza. Desde afuera se escuchaban los gritos del maricón tuerto, me puse el abrigo y crucé la calle, me quedé enfrente esperando ver que sucedía, como quien mira una película y espera con ansias el desenlace. Mi sangre había dejado de brotar, pero tenía la cara llena de ella, me limpié como pude con la remera; lo bueno de todo esto es que no desembolsé ni un peso por las bebidas.

La ambulancia no tardó en llegar, entraron al bar y luego llevaron hasta ella al maricón, que seguía puteando y gritaba de dolor, lo subieron y se fueron. Yo me disponía a irme cuando escucho que gritan “¡allá está!, ¡es él!”, miré hacia atrás y vi creo que seis o siete pelotudos que imaginé serían amigos del maricón, me detuve en seco y me quedé con calma esperando que llegaran, obviamente no venían a abrazarme; cuando llegaron intenté pegarles, alcancé a pegar algunas piñas pero eran demasiados y mi alcohol en sangre no ayudaba para nada, me agarraron y me cagaron a trompadas y a patadas, por suerte estaban tan alcoholizados que pegaban como el otro maricón, pero se ve que pegaron fuerte porque creo que me desmayé. Me desperté cuando ya era de día, todo ensangrentado y dolorido, la gente pasaba y me miraban como si fuera un mendigo bañado en sangre, pero nadie era capaz de ayudarte, por suerte no los necesitaba, me puse de pie y me limpié como pude la cara y las manos con la remera, me fijé si tenía todos los dientes y mi anotador, parecía que aún conservaba ambas cosas así que me fui caminando, no sabía bien para donde, estaba bastante desorientado. Caminé en línea recta hasta toparme con una estación de tren, tenía suerte, ese tren me dejaba a una cuadra de mi casa, saqué boleto y fui hasta el andén, quise encenderme un cigarrillo pero no los encontraba por ningún lado, debieron haberse perdido en la gresca. Me acerqué a un hombre que estaba fumando.

—Disculpe, ¿tiene un cigarrillo? —pregunté.
—Claro —dijo inspeccionándome de arriba a abajo —¿está usted bien? —preguntó.
—Sí, por supuesto —contesté.

Me dio el cigarrillo y fuego. Fumé hasta que llegó el tren, me subí y encontré asiento, no había mucha gente. En el camino me empezó a doler la cabeza, me recosté contra el respaldo del asiento y dormí un rato.

Desperté una estación antes de donde me tenía que bajar, cuando bajé pasé por el kiosco y compré unos paquetes de cigarrillos, subí a mi departamento y fui a mi habitación, donde me desabrigué y encendí un cigarrillo, fui hasta el baño y me lavé la cara para quitar los restos de sangre, luego fui hasta la cocina y saqué de la heladera una cerveza de litro bien helada, bebí la mitad en una sola toma, tenía mucha sed. Me llevé la botella hasta mi escritorio y me senté frente a mi notebook, repasé las notas de mi anotador manchado de whisky y sangre, comencé a bosquejar algún escrito pero me dolía demasiado la cabeza, agarré 2 aspirinas de un cajón de mi mesa de luz y las bajé con unos tragos de cerveza. En vez de escribir me puse a corregir algunos escritos que tenía archivados, era una tarea menos ardua. La cerveza se terminó y no tenía nada más para beber, así que fui al supermercado, compré una botella de whisky barato y una especie de Coca Cola de segunda marca. Por más gustos que me quiera dar, ahora que estaba sin trabajo iba a tener que ahorrar si quería seguir viviendo.

Me senté a seguir corrigiendo escritos mientras tomaba whisky con cola y fumaba un cigarrillo, puse un poco de jazz para relajarme, el jazz siempre es bueno y bienvenido. Estaba concentrado modificando textos cuando de repente suena el teléfono, es raro que alguien me llame, amigos no tengo y jamás atiendo el teléfono, el que quiera comunicarse debía dejar un mensaje u olvidarse de hablar conmigo, supuse que era alguna encuesta televisiva o algún telemarketer ofreciéndome servicios de los que nunca interesan a nadie. Dejaron un mensaje, cuando revisé resulta que era Matías, un ahora ex compañero de trabajo para decirme que se juntaban esta misma noche a jugar poker, lo llamé y le dije que iba, quedamos en que me pasaba a buscar con su auto a eso de las 22 hs.

Recién eran las 20 así que me quedaba algo de tiempo, pero no tanto, terminé de corregir aquel texto y me fui a bañar, me dolían todos los huesos de aquella golpiza. Ya bañado me puse algo de ropa decente, comí unos sándwiches de jamón y queso que tenía en la heladera y tomé unos vasos de whisky hasta que se hizo la hora. Me pasaron a buscar y fuimos a la casa de otro ex compañero, del mismo nombre, Matías; estuvimos jugando al poker, comiendo algunas cosas que había preparado la novia de Matías, el dueño de la casa y bebiendo alcohol hasta el amanecer, mi saldo resultó positivo, habiendo ganado $160, no jugamos por mucho pero éramos varias personas, una vez que nos repartimos el dinero ya estaba listo para irme, igual que Matías, el dueño del auto, nos despedimos y nos fuimos. Apenas hubimos agarrado la autopista, un auto que venía demasiado rápido no calculó bien al frenar y nos chocó desde atrás, mientras nos bajábamos, el auto dio marcha atrás y quiso escaparse por la derecha, pero le surtí una patada con todas mis fuerzas a la ventanilla del lado del conductor rompiéndole todo el vidrio; el auto giró hacia la derecha demasiado y dio medio trompo, quedando en sentido contrario al tránsito.

—Dame el bastón —le dije a Matías.
—¿Qué? —preguntó.
—El bastón extensible.
—¿¿Qué vas a hacer??
—Lo que se debe hacer en estos casos, claro.

Sabía que lo tenía en el auto porque yo se lo regalé para que allí lo tuviera ante cualquier situación de emergencia… como ésta, es un bastón extensible de acero macizo. Una vez lo tuve en mis manos lo extendí y fui hasta el auto, el sujeto estaba saliendo, se lo veía enojado pero temeroso, tenía algunos cortes en la cara, seguramente provocados por la lluvia de vidrios de la ventanilla; habló antes que yo lo haga, podría haber dicho cualquier otra cosa, como pedir disculpas, pero prefirió insultarme, lo cual para mí, que soy un hombre intolerante fue una invitación clara. Me acerqué y antes que pudiera hacer nada le di un palazo en las rodillas con la barra de acero, gritó y calló al suelo arrodillado, le asesté un golpe en la cabeza con la misma barra y terminó de caer completo al piso, todo sucedió muy rápido, al tiempo que veía un charquito de sangre formándose en el piso escucho una voz de mujer que grita “¡¡basta!!, ¡¡basta!!”, resulta que el sujeto venía acompañado por una señorita, se bajó del auto y fue hasta el sujeto a contenerlo, pero parecía inconsciente. Le dije que le iba a llamar a una ambulancia, le pedí el celular a Matías, que miraba la escena estupefacto y pedí una. Le dije que nos vayamos y eso hicimos.

—Vos estás en pedo… —dijo, una vez dentro del auto.
—Sí, lo estoy ahora y lo estoy en muchas otras ocasiones.
—¿Cómo vas a hacer eso?, estás loco, mirá si pasaba un patrullero, mirá si lo mataste al pobre tipo.
—Me insultó, no voy a tolerar ese tipo de cosas, si no me insultaba capaz zafaba de la golpiza, me pone iracundo que me insulten y que me choquen, vos deberías estar más enojado que yo, andá a saber cuánto te sale arreglar el auto.
—Me lo hubiera pagado el seguro si me hubieras dejado intercambiar papeles con el tipo, pero lo cagaste a palazos con esa porquería, ¡violento de mierda!
—Vos querés terminar como el tipo ese, ¿no?

No hablamos nunca más en el transcurso del viaje.

Cuando me dejó en mi casa subí y lo primero que hice fue servirme un whisky, lo dejé en la mesa de luz y me puse mi remera de dormir, me saqué los pantalones y me recosté con la espalda contra la pared para poder beber cómodamente, encendí un cigarrillo mientras bebía y pensaba, cuando terminé me deslicé por la cama y apagué la luz, necesitaba dormir.

Por la mañana me desperté con algunas ideas sobre lo que estaba escribiendo, me levanté y anoté algunas cosas en mi pequeño anotador, luego fui al baño a lavarme la cara y me hice un café. Cuando lo terminé me senté en mi escritorio a tratar de escribir un rato, plasmé las ideas que había anotado pero ahora estaba seco de ellas, necesitaba un empujón, así que me serví whisky. Pasaron unas horas y comencé a sentirme realmente mal, mis tripas hacían ruidos asquerosos y estaba mareado, tenía que ir a cagar cada cinco palabras que escribía así que me tomé dos pastillas de loperamida y seguí escribiendo. Di por terminada mi escritura cuando mi estado era ya deplorable, dejé todo como estaba, me levanté y literalmente me caí en la cama.

Dormí tres días y tres noches, levantándome en ocasiones para tomar agua. Cuando por fin desperté tenía un hambre terrible, no sabía ni que hora ni que día era, sólo sabía que era de día, fui hasta la heladera y agarré lo único que quedaba, un poco de pan lactal y queso, comí unos sándwiches pero me quedé con hambre, así que me vestí y tomé la billetera, me dirigí hacia un restaurante cercano y pedí un apetitoso plato de ravioles con salsa bolognesa con el cual quedé muy satisfecho, no bebí nada, pedí la cuenta, pagué y me fui a mi casa. Cuando llegué, vi que tenía un mensaje en el teléfono, era una de las pocas amigas que me quedaban, Flavia, preguntándome si quería ir a tomar algo a algún bar. Para mi eso no era ningún problema así que la llamé y acordamos encontrarnos en un bar cerca de su casa a eso de las 21 horas. Nos encontramos afuera y entramos, nos acomodamos y pedimos unos tragos, ella un daikiri y yo un tequila sunrise, estuvimos hablando un buen rato, le conté que me despidieron del trabajo, me preguntó si me podía manejar así y le dije que por ahora sí, que tenía algunos ahorros. Mientras hablábamos noté que desviaba la vista hacia algo ubicado detrás de mí.

—¿Qué mirás tanto atrás mío?
—Nada, hay un tipo que me está mirando desde que llegamos.

Me la quedé mirando con cara seria, parecía que lidiar con los idiotas era mi misión en la vida, me di vuelta y, en efecto, había un sujeto mirando, que bajó la vista cuando me vio. Me paré, Flavia trató de detenerme pero fui hasta aquella mesa.

—Hola —le dije al sujeto, que estaba acompañado por otros dos tipos y una mujer.
—Hola —me dijo.
—Estás mirando mucho para nuestra mesa, ¿te debemos algo?
—No, ¿por?
—Ya te dije, estás mirando mucho a nuestra mesa, no me gusta repetir las cosas.
—Sí, estaba mirando, ¿y qué? —dijo en tono amenazante.
—Y que te voy a partir toda esa cara de puto a golpes —contesté.
—A mi no me hablás así eh —dijo el sujeto parándose de la mesa.
—Yo te hablo como se me canta el culo.
—Ah sí?
—Sí

El sujeto, que ya estaba enfrente mio, me empujó, le asesté un golpe que logró esquivar, luego él me puso una piña en la cara y caí al piso, otra vez sangre, otra vez mi nariz. Me hice el herido y levanté un poco la cabeza para saber donde estaba ubicado, me paré de golpe y le di una piña en la mandíbula, esa sí que no la esquivó, tampoco se cayó, se sostenía la boca con la mano mientras la sangre se escurría entre sus dedos, se me arrojó encima al mismo tiempo que algo me toca el hombro con una fuerza sobrehumana y me aparta con brusquedad de la situación, era un sujeto grandote y pelado que agarró a este tipo de la camisa y comenzó a asestarle golpes en la cara sin que pueda defenderse, yo estaba parado, perplejo, ¿qué había pasado?, ¿quién era este sujeto pelado que me estaba defendiendo?, cuando el tipo cayó al piso, el sujeto se dio vuelta y me dijo: “lo conozco, es un hijo de puta”, y se fue. La gente del bar miraba y se oían murmullos por todos lados, Flavia se tapaba la cara y yo, que me quedé iracundo y con ganas de pelear, aproveché que no había personal de seguridad en ese bar y me acerqué el tipo tirado en el piso, miré a la gente que lo acompañaba, estaban parados pero ninguno se movía, con mi furia contenida comencé a darle patadas en el estomago al tipo hasta que comenzó a vomitar sangre, una vez descargada mi furia me acerqué a la mesa donde estaba Flavia y le dije que nos vayamos, agarré unas servilletas y me limpié la sangre de la cara, le pregunté al mozo cuánto era, le pagué y nos fuimos, recién cuando me fui pude ver a los acompañantes del sujeto acercársele a ver como estaba.

—Sos un imbécil —dijo Flavia.

No respondí. Caminamos sin hablar hasta su casa, donde ingresó sin saludarme. No le di mayor importancia y me fui hasta la parada del colectivo. Yo quería mucho a Flavia y ella a mí, sabía que este enojo no podía durar mucho, aunque me preocupaba que sí lo hiciera, pero preferí no pensar en eso y me relajé hasta llegar a casa.

Una vez en mi departamento no tenía ganas de hacer nada, me serví unos shots de whisky para pasar el rato, puse un poco de jazz de fondo y me fui a dormir.

Me despertó la lluvia sobre mi cara, tenía la ventana un poco abierta, eras las 9 a.m., cerré la ventana y como no tenía sueño me levanté, levanté mis pantalones del piso y me los puse, fui hasta la cocina y me hice un café y unas tostadas con manteca, nunca como nada a la mañana, pero ese día estaba antojado. Me llevé todo al escritorio y abrí la tapa de mi notebook, si bien el dinero no se estaba acabando, era hora de que me ponga a buscar un trabajo nuevo, estuve viendo unas páginas y envié por mail un currículum por un puesto de programador COBOL, siempre era lo mismo, una vez que te metés con COBOL es imposible escaparse. Pasé el día corrigiendo y escribiendo textos hasta que ni bien entrada la tarde sonó el teléfono, atendí porque estaba esperando la llamada, eran ellos, del trabajo, quedamos en una entrevista para mañana a las 9 a.m. muy temprano, parece que iba a tener que madrugar. Seguí escribiendo hasta que anocheció mientras tomaba unos whiskys con Coca Cola, puse el despertador y me fui a dormir temprano, como a las 3 a.m., eso es temprano para mí.

El despertador sonó a las 7 a.m., tenía una hora para cambiarme y desayunar, y una de viaje. Fui al baño a lavarme la cara, saqué del placard mi pantalón de vestir, tenía que estar presentable; intenté ponérmelo pero no me cerraba, tenía mucha panza, así que desistí y me puse un jean, con una camisa blanca; no era la mejor vestimenta pero me importaba una mierda, desayuné dos tazas de café y salí rumbo a mi entrevista. Cuando llegué al edificio me identifiqué con mi documento y subí por el ascensor, me recibió una chica muy linda que fue quien me hizo la entrevista, me ofreció algo de tomar, pero le dije que no. La entrevista fue normal, parecía que había quedado conforme con mis conocimientos, me dijo que por sí o por no me iban a llamar, aunque como siempre pasa en estos casos, lo más probable era que no me llamaran.

Ya que estaba por el centro fui a almorzar a un McDonald’s, estaba lleno de gente y eso me irritaba bastante, hice la cola hasta que me atendieron, pedí mi doble cuarto de libra con queso, como siempre, luego fui a buscar una mesa pero estaba todo lleno de gente, me puse a recorrer el lugar y veo a dos tipos sentados en una mesa y con su comida terminada, fui hasta allá.

—Disculpen, ¿ya terminaron de comer? —pregunté.
—Sí, pero estamos charlando —dijeron, mirándome con cara rara.
—Claro, el problema es que acá se viene a comer, no a charlar.
—No molestes, ¿dale? —dijo el otro sujeto.
—¿Perdón?, quiero comer y no hay mesas libres, ustedes están ocupando una y no están comiendo…
—No rompas las bolas flaco, y andá a comer tu hamburguesita a otro lado.

Dejé mi bandeja en el piso, me levanté de golpe con el puño cerrado y le calcé una piña, el sujeto cayó de su silla y quedó lamentarse en el piso, el otro se paró, intenté pegarle en la cara pedo me pegó en el estómago, quedé agachado aguantando el dolor y le pegué una patada en las pelotas, ahora el que se agachó fue él, para luego caer al piso, lo cagué a patadas hasta que se vieron las primeras gotas de sangre. El otro sujeto se estaba levantando y le pegué duro en el estómago, lo que hizo que se caiga de nuevo, lo agarré de los pelos y lo llevé arrastrando afuera, volví e hice lo mismo con el otro. La gente miraba y murmuraba escandalosa, pero yo recogí mi bandeja del piso y me senté a comer, no sé que pasó con los dos sujetos, creo que se habían retirado y de milagro nadie me había venido a echar del local, así que terminé mi hamburguesa, mis papas y mi gaseosa y me fui.

Caminé hasta la estación de subte, cuando éste llegó me subí y me acomodé junto a la puerta, mientras esperaba que el subte saliera entró un tipo rápido como una gacela, golpeó en la cara a una mujer que estaba hablando por celular, éste se calló al suelo, el sujeto lo tomó y quiso salir corriendo, pero le puse la pierna, tropezó y cayó al piso, el subte murmuraba conmocionado, lo agarré de las piernas y lo llevé para adentro, esta vez no fui yo quien dio el primer golpe, vino un sujeto y lo empezó a patear en las costillas, luego seguí su buen ejemplo y lo empecé a patear yo, luego vino otro sujeto, y otro, y otro más, se había desatado una orgía de violencia digna de película, el tipo tirado en el piso suplicaba, pero nadie escuchaba, brotaba sangre de su boca como si se estuviera desgarrando por dentro, lo agarré del cuello y quise darle unas trompadas en la cara pero se tapaba, le pedí a otros dos sujetos que le sostengan los brazos y abordé su cara a trompadas secas, primero su nariz se rompió, echaba sangre para todos lados, luego sentí bajo mi puño como se quebraban algunos dientes, su cara era como una esponja llena de sangre que no paraba de brotar, al final el tipo dejó de pelear y tratar de zafarse, se había desmayado, recién entonces lo dejé. Me dolía mucho la mano, parecía que aquel tipo tenía dientes de acero, al rato vino un policía y gritó que no se mueva nadie, me agarró con fuerza del brazo y me puso de espalda contra las barras de metal del subte, me esposó y agarró a otros dos tipos más, pidió refuerzos, que no tardaron en llegar y se le oyó pedir una ambulancia a través de su handy.

Fuimos todos a la comisaría donde pasamos la noche en el calabozo, un lugar mugriento, había una letrina para cagar y ninguna cama donde dormir, la única compañía además de los involucrados en la golpiza era un harem de cucarachas que se paseaban por toda la celda. Nos divertíamos matándolas y viendo quien lograba hacer el chasquido más fuerte al matar una. Esa noche algunos durmieron en el piso, yo dormí sentado contra una pared. Por la mañana me despertó el ruido de llaves abriendo la celda, era un policía que nos decía que salgamos. Me costó levantarme del piso, dormir ahí me había dejado de secuela un importante dolor de espalda. No sabía que hora era, pero parecía bien temprano, nos hicieron firmar unos papeles y salimos. Nos despedimos entre nosotros y le pregunté a un tipo que vendía flores en la calle dónde carajo estábamos parados, más o menos me ubiqué y logré tomarme un colectivo.

Cuando bajé fui al supermercado a comprar alcohol, compré dos vinos medio pelo y tres botellas de whisky. Por fin estaba otra vez en casa; mientras estuve preso se me habían ocurrido muchas ideas sobre qué escribir, me senté en mi escritorio y abrí un vino para festejar mi vuelta.

Una semana estuve sin salir de casa, el tiempo que tardó en acabarse el whisky, me había quedado bebiendo, escribiendo y durmiendo. Eran como las 10 a.m. cuando me despertó el teléfono, por supuesto que no atendí, me dejaron un mensaje, era la chica con la que tuve la entrevista, ya era hora, pensé que nunca me iban a llamar; llamé de vuelta y me dijo que me habían tomado, que pase a firmar el contrato y que empezaba este lunes, que justo era principio de mes. Hoy era miércoles así que me quedaban unos días de ocio. Decidí festejar abriendo un vino, el último que quedaba. Esa noche me fui a dormir temprano y a la mañana siguiente fui a firmar el contrato, el sueldo no era muy bueno pero era algo mejor que el anterior. Cuando volví fui a comprar más alcohol al supermercado y algo de comida porque ya me estaba quedando sin.

Los días pasaron y al fin llegó el domingo, iba a ir a trabajar al día siguiente; aquella mañana me bañé como para estar presentable, tomé unas cuantas tazas de café y me avoqué de nuevo a la escritura, el whisky bajaba, las hojas pasaban y sin darme cuenta se hizo la 1 de la mañana, ya era hora de ir a dormir si quería levantarme a las 7 a.m. y no ser un zombie todo el día. No funcionó, me acosté a las 5 a.m. y dormí sólo dos horas. El lunes me levanté, tomé un café y salí rumbo a mi nuevo trabajo, llegué temprano, algo raro en mí, pero ya había gente, saludé a mi jefe y me presentó con mis nuevos compañeros de turno, tenía mucho sueño y mi cerebro trabajaba lento, me senté frente a la computadora sin nada que hacer y un compañero vino a hablar conmigo, si hay algo que no quería era socializar con alguien, yo casí no hablaba pero aún así le contestaba. Creo que estuvo una hora hablándome hasta que me cansó.

—Flaco, ¿te podés callar? —le dije.
—¿Cómo?
—Que te calles, me tenés podrido hablando tantas pelotudeces juntas.
—Eh, qué te pasa! —dijo mientras se levantaba de la silla con cara de ofendido y me daba un golpe suave en la nuca.
—Volvé a hacer eso y te parto todos los dientes —repliqué.
—¿Ah sí?, hacelo si tenés los huevos, dale, maricón. Bajo mi puño cerrado sentí como su mandíbula se dislocaba emitiendo un crujido seco.

domingo, 20 de mayo de 2012

La soledad en compañía

Me sobresalté cuando sentí aquel ardor, el cigarrillo se consumía entre mis dedos y lo arrojé al piso casi en un acto involuntario; me quedé dormido fumando, algo que trato de evitar para no despertarme envuelto en llamas. Me incorporé sobre la cama. Hacía más de una semana que no me bañaba y me picaba la cabeza de la mugre, me fijé la hora y eran cerca de las 16:00, agarré la botella de vino que estaba en el piso y tomé unos cuantos tragos; la dejé donde estaba y me levanté. Fui al baño a mear y me lavé la cara. Me senté sobre mi escritorio a ver si podía escribir algo, a ver si el alcohol había despertado algo de inspiración en mi; estaba escribiendo lo que pretendía ser una novela, había escrito unas páginas y tachado bastante, mi escritorio era un desastre, había acumulado allí varias cajas de cigarrillos vacías, chapitas de cerveza y Dr. Lemon, los cigarrillos se me caen muy seguido del cenicero y por eso hay una parte llena de cenizas, que voy soplando para que se acumulen ahí. Un reloj, dos parlantes y una botella de whisky por la mitad terminaban de decorarlo. Prendí un cigarrillo y seguí escribiendo, escribí por varias horas y unas cuantas páginas mientras bebía de la botella de whisky que allí reposaba, estaba bastante mareado así que dejé mi novela para otro momento.

Eran casi las 20:00 y a las 22:00 tenía que ir a ver a un coro donde cantaba una amiga, tenía más o menos una hora de viaje, así que me bañé y me puse una camisa que encontré en el lavarropas, hacía rato que no se lavaba algo ahí; me peiné y quedé bastante presentable. Me di vuelta y vomité en el inodoro dos veces, nada que no me pasara seguido.

Ya estaba listo para salir, agarré las llaves y fui a tomarme el colectivo. La luz de la luna se mezclaba con las luces de la calle y corría un viento leve que parecía acariciarte suavemente. Llegué, caminé unas cuadras hasta que encontré la dirección, que llevaba anotada en un papel; entré al auditorio y saludé al portero del lugar, le pregunté en que salón cantaba el coro y me dirigí hacia allí, me senté en una de las butacas esperando que comience el espectáculo. A mi lado se sentó una mujer, rubia, arreglada y bien vestida que había visto en el hall de entrada, parecía tener unos 36 años, era bonita e inspiraba alegría con su andar y su vestir, aunque eso no se veía reflejado en su rostro, que parecía el de una mujer atormentada.

—Hola —le dije.
—Hola —contesto con sequedad y sin mirarme.

Con tanta sequedad que no volvimos a hablar hasta que terminó el espectáculo. Cuando finalizó, ambos nos paramos y nuestras vistas chocaron por un segundo.

—¿Cómo te llamás? —le pregunté.
—María —me dijo.
—¿Qué hacés acá?
—Vengo a ver a un amigo, que canta acá —me respondió —disculpá, me tengo que ir.
—¿A dónde vas?
—A tomar algo.
—¿Querés que vayamos a un bar? —pregunté.
—Bueno.

Así que salimos de ahí y fuimos al primer bar que encontramos, nos sentamos en la barra; ella sin mediar palabra pidió un vino y yo sin darle importancia pedí un vaso del mejor whisky que tuvieran.

—¿Me voy a tener que tomar la botella yo sola? —cuestionó.
—Por supuesto que no —dije.

Terminé mi whisky y me serví del vino, bastante rico, aunque mi paladar ya no distinguía gusto alguno, por lo menos por esa noche. Hablamos de cosas sin importancia, me pedí algunos whiskys más, ella terminó el vino y me pidió un trago de mi whisky, quedaba poco así que lo terminó. Con la última plata que me quedaba pedí dos whiskys más, los terminamos y ella me preguntó si quería ir a su departamento. Le dije que sí.

Salimos y fuimos hasta su auto, estacionado a pocas cuadras del lugar, hasta ese momento ignoraba que tenía auto, subimos y ella manejó hasta su departamento. Bajamos del auto y subimos por las escaleras hasta el segundo piso, no había ascensor, lo cual era entendible porque el edificio tenía solo tres pisos. Entramos.

—¿Querés tomar algo? —preguntó.
—Sí, claro, ¿qué tenés?
—En la heladera puede que haya cervezas —dijo —yo mientras voy al baño, agarrá lo que quieras.

Fui hasta la heladera, había varias botellas de cerveza. Agarré una, tomé 2 vasos de la cocina, serví y los llevé hasta la mesita del living, me acomodé en el sillón y empecé a tomar, unos minutos después María salió del baño. Antes de que le pregunte si se podía fumar ahí, agarró su paquete de cigarrillos y prendió uno, me ofreció y acepté. Agarró su vaso de cerveza y le dio varios tragos, como si tuviera sed, se sentó a mi lado y charlamos, ya era de madrugada. Reíamos y hablábamos de cosas sin importancia mientras bebíamos cerveza, ya íbamos por la tercer botella. Comenzamos a acercarnos, nos dimos un beso, nos tocamos; al final terminamos cogiendo en aquel sillón pero luego pasamos a la cama para seguir hasta dormirnos.

Me desperté con un rayo de sol que partía al medio mi cara, tenía resaca y un dolor de cabeza insoportable, me levanté y bajé la persiana, volví a la cama y seguí durmiendo. Nos despertamos alrededor del mediodía. Ella salió corriendo al baño a vomitar y yo me encendí un cigarrillo como hago todas las mañanas, fui hasta la mesita del living a fondear botellas, quedaba un poco de cerveza. Luego me dirigí hacia la alacena de la cocina, saqué un vino, del que me pareció más barato y lo abrí, le di unos sorbos mientras María recién salía del baño.

—¿Qué hacés tomando a esta hora?.
—Es el mediodía…
—Ay, me siento como el culo.
—Sí, tomamos mucho ayer, yo en un ratito me voy.
—Bueno… yo también tengo cosas que hacer.
—Yo no… pero igual me voy, creo que un rato caigo muerto en la cama, no dormí muy bien.
—¿Por?
—No sé, el alcohol supongo.

Fui al baño con la botella en la mano y me senté a cagar, tomé unos tragos mientras lo hacía, cuando terminé me limpié, me lavé las manos, luego la cara y me peiné un poco como para estar presentable. Salí y María estaba desayunando un café con leche.

—¿Querés café?.
—Bueno, dale.
—¿Querés galletitas o tostadas? —preguntó mientras me servía café.
—No, te agradezco.

María terminó su café.

—Me voy a bañar, ¿te quedás hasta que termine?
—Sí, claro, andá nomás.

Dejé la botella de vino sobre la mesita del living y comencé a tomar mi café, se sentía bien, fortalecedor. Me prendí un cigarrillo. Después de un rato María salió del baño, con un toallón rodeando su cuerpo, no pude evitarlo y me le abalancé, la llevé hasta la cama, donde cogimos una vez más.

Terminamos y fui al baño, me estaba meando. Me miré al espejo, estaba hecho mierda, los ojos rojos, despeinado y oliendo pestes. Me lavé la cara pero esta vez no me peiné, ya quería irme de ahí. Salí del baño.

—¿Tenés desodorante? —pregunté.
—De mujer…
—Está bien, me da igual.

Me puse desodorante en los sobacos y por encima de la camisa, me acerqué a María y le dije que me iba, dejé el desodorante sobre su mesita de luz, nos pasamos nuestros teléfonos, le di un beso en la mejilla y me fui.

Cuando salí del edificio no sabía donde estaba, caminé bastantes cuadras al rayo del sol hasta llegar a la parada de un colectivo que me dejaba en casa. Cuando llegué puse para lavar esa camisa roñosa y me puse mi remera de dormir. Agarré un whisky y una coca cola, puse de fondo un poco de jazz y me senté a escribir un rato, así lo hice hasta la noche.

Los días pasaron, los meses pasaron y nunca llamé a María, ni ella a mí. Jamás volvimos a vernos.

viernes, 23 de marzo de 2012

Un final inesperado

Dedicado a Diana. 

Me tomé hasta la última gota de whisky de aquel vaso. Eran las 6 de la mañana cuando me senté en la cama a mirar por la ventana, la gente comenzaba a despertarse, pero yo pensaba no hacer nada en todo el día. Había bebido toda la noche, sin dormir, desde las 19 horas del día anterior cuando llegué a casa y encontré debajo de mi puerta un telegrama, el cual abrí y resultó ser un telegrama de despido. Miraba a través de la ventana, gente bien vestida caminando, esperando un colectivo en alguna parada, entrando en el andén del tren que va hacia el centro, todos iban a ir a trabajar. Yo no. Todo se ve desde mi ventana, hasta yo, me veo reflejado en sus vidrios, despeinado, con la barba crecida; comencé a toser, me di vuelta y puse los pies sobre el piso, me levanté, fui hasta el baño y vomité. Volví a mi cuarto y agarré la botella de whisky que estaba en mi mesa de luz, le di un trago, pero algo me faltaba para acompañarlo, necesitaba un cigarrillo… y no tenía, me lo había fumado todos, como cuatro paquetes.

Estaba en calzoncillos, me paré frente al perchero, tomé un trago de whisky y dejé la botella sobre el piso, agarré unos pantalones de jean que estaban colgados, manchados de lavandina y me los puse, aunque manchados, eran los más cómodos. Me dejé la remera que uso para dormir, agarré la botella de whisky y me senté en la cama, le di un trago más y la dejé en la mesa de luz; me puse las zapatillas, me paré y fui hasta el escritorio, abrí un cajón, agarré la billetera y la llaves que estaban sobre el escritorio, salí y llame el ascensor. Una vez abajo caminé hasta la puerta y salí rumbo al kiosco, a mitad de cuadra volví a vomitar, una señora que pasaba me preguntó si estaba bien, le dije que sí, que no se haga problema y seguí camino, era raro encontrarse a alguien que se preocupe por uno en la calle, donde todos van caminando como zombies, inmiscuidos en sus propios pensamientos, algunos con los oídos tapados escuchando sus MP3, distraídos de todo estímulo externo del entorno. Llegué al kiosco.

—Hola. Un cartón de Parliament, por favor —dije—
—Sabés que aumentaron, ¿no? —dijo la kiosquera—
—Sí —dije—
—¿querés una bolsita?
—No, gracias, lo llevo así —dije—

Le pagué con un billete de 100, me dio el vuelto y me fui. Costó encastrar la llave en el agujero correcto pero lo logré, abrí la puerta y tomé el ascensor hacia mi piso, entré a mi departamento y fui hasta mi habitación, abrí el cartón de cigarrillos con desesperación, saqué un paquete, lo abrí y saqué un cigarrillo, tomé el encendedor que estaba sobre la mesa de luz y lo prendí, le di una pitada y tosí, muchas veces uno fuma porque sí, no porque tiene ganas, ahí no se disfruta, cuando uno tiene verdaderas ganas es cuando se disfruta de un buen cigarrillo, y eso me estaba pasando en aquel momento.

Yo ya me venía venir el despido, las cosas andaban mal, mi gerente me tenía entre ceja y ceja, mi jefa me odiaba… pero me adelanté y mandé un par de currículums antes. Me habían llamado de uno y olvidé que hoy tenía la entrevista a las 8:00 y ya eran las 7:00, ¿ir o no ir?, mi plan de no hacer nada en todo el día había quedado sesgado, la verdad estaba roto e iba a llegar tarde, no me daban los horarios, pero quería salir un rato y distraerme, aunque sea para verle el culo a mi entrevistadora, Florencia… igualmente en este estado sabía que no quedaría ni para el puesto de personal de maestranza, la gente no es idiota, se da cuenta… bueno, “alguna” gente no es idiota y generalmente las chicas de recursos humanos no lo eran.

Me desvestí y me puse mi pantalón de vestir, camisa y corbata, me puse medias y zapatos, le di un sorbo más a la botella de whisky y fui hasta la cocina, tomé mi taza y serví café, la puse en el microondas un minuto, le puse azúcar y me lo tomé. Hora de salir, en tren estaría allí en 20 minutos y estaba saliendo con el tiempo justo, lo cual no impediría tomarme el tiempo para fumar un cigarrillo antes de la entrevista. Me comí un chicle de menta por este temita del olor a alcohol y salí. Veinte minutos en tren pueden pasarse volando o pueden pasarse como a mí, lento. Por fin llegué, caminé unas cuadras y estuve frente al edificio de la empresa, me prendí un cigarrillo, no pude aguantar y vomité en la entrada, mucha gente miró pero nadie dijo nada, algunos con cara de asco, otros con cara de nada; terminé el cigarrillo y entré.

La entrevista no fue ni mejor ni peor que otras. Florencia era linda, como todas las chicas de recursos humanos en general, pero no pude comprobar si tenía buen culo, la minifalda dejaba mucho a la imaginación pero parecía que sí, qué se yo, me preocupaba más lo mal que me sentía. Volví a tomar el tren, sabía que no me llamarían, era para viajar al exterior, nunca me llaman cuando la propuesta incluye un viaje. Por fin llegué a mi casa, agarré la botella de whisky que había quedado sobre mi mesa de luz y le di un gran sorbo. Me saqué el saco y lo tiré sobre la cama, me desprendí los botones de las mangas y me arremangué la camisa. La verdad me sentía sin ganas de vivir, me sentía seco como una hoja en otoño. Me quedé un tiempo pensando, deprimido, ofuscado. Me pregunté para qué mierda compré un cartón de diez paquetes de cigarrillos si no iba a poder aprovechar el resto, ahí me di cuenta que ya lo había decidido.

Abrí el primer cajón de mi mesa de luz y saqué el revólver calibre 22 que tanto esfuerzo me había costado conseguir, trámites y papeleríos por todos lados, credencial de legítimo usuario, credencial de compra y tenencia de munición, etc. Le cargué las ocho balas, cerré el tambor, apunté el cañón hacia mi sien y tiré del gatillo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El disfraz social

Hacía largo tiempo que sonaba el despertador, me atormentaba el ruido, resonaba en mi cabeza a medida que iba tomando conciencia; un nuevo despertar, una nueva mañana y otro arduo día laboral después de un fin de semana agitado. Abrí como pude los ojos, cegados por la luz de la mañana que se colaba a través de la persiana y manoteé el despertador varias veces hasta que por fin se apagó. Noté que hacía mucho frío y me cubrí un poco con una frazadita que alguna vez robé de un micro larga distancia, me sentía destemplado. Cuando por fin decidí incorporarme me di cuenta de la cruel realidad, estaba muy mareado, todo me daba vueltas, sentía los ojos desorbitados y una murga dentro de mi cabeza, puse los pies sobre el piso y acto seguido vomité lo poco que había comido la noche anterior, se notaba que no había alcanzado a digerir prácticamente nada.

Sentado sobre mi cama agarré un paquete de cigarrillos abierto que encontré sobre la mesita de luz, saqué uno y lo prendí, tosí varias veces hasta que pude tragar el humo con normalidad, creo que la noche anterior había fumado poco más de dos paquetes, los dos ceniceros que hay en mi cuarto estaban repletos, como pude hice lugar para mi cigarrillo en el que ocupaba mi mesita de luz y algunas colillas se cayeron al piso, sobre el vómito. Dejé el cigarrillo ahí mientras me levanté y fui hasta el baño, agarré la toalla y volví a sentarme en la cama. Me sequé el vómito de los pies y tiré la toalla en el piso como evitando ver lo que allí yacía. Exhalé una nueva bocanada de mi cigarrillo, volví a toser varias veces mientras agarraba la botella de whisky que, por esas cosas de la vida, había quedado tirada en el piso, volcada, pero por la forma del envase no llegó a volcarse todo, aún quedaba una importante porción de aquel brebaje sagrado; me lo llevé a la boca y le di un gran trago, mi cara se transformó al mismo tiempo que tosía como un moribundo. En el piso descansaba una desagradable maraña de restos, whisky volcado, un vómito y una toalla empapada por el mismo. Le di otro trago al whisky y me levanté.

Los objetos de mi habitación parecían tener vida propia, se movían de un lado a otro. Pisando whisky y colillas logré llegar hasta el baño con el cigarrillo en la boca y me miré al espejo; me había olvidado de afeitarme, la barba crecida y desprolija se reflejaba en el espejo, junto con mis ojos, rojos como tomatitos cherry, totalmente inyectados en sangre; ni hablar de mi pelo, era un desastre, sucio y todo despeinado. Hice un ademán intentando peinarme y noté que me temblaba la mano, dejé el cigarrillo a un lado y abrí la canilla, me lavé la cara y con las manos mojadas hice lo mejor que pude para peinar aquel pelo pajoso, tomé el cigarrillo y le di una pitada. Solté una gran bocanada de humo al tiempo que tosía.

Me sentía mal, —creo que voy a vomitar —me dije—, y lo hice; esta vez y por suerte, dentro del inodoro. Aproveché para hacer pis y tirar el cigarrillo, luego fui hasta mi cuarto y me tomé unas pastillas de reliverán, toda la mierda quedaría dentro pero por lo menos no iba a vomitar camino al trabajo, no está socialmente bien visto; las bajé con un trago de whisky directo de la botella y lo mismo hice con un par de aspirinas, sentía que la cabeza me iba a estallar en cualquier momento. Sé de gente que no iría jamás a trabajar en este estado, pero yo ya estaba acostumbrado, mis días pasan siempre así, evadiendo realidades, nunca sé qué hora es y a veces no sé ni en qué día vivo; antes usaba reloj pero se rompió la malla y ya ni sé dónde lo dejé, desde aquel momento me siento más libre.

Con los ojos entrecerrados y la luz atacándome por todos los flancos fui hasta la cocina y me serví café en una taza que encontré sobre la mesada, estaba sucia, con rastros de café seco y pegajoso por dentro y por fuera, no recordaba cuándo fue la última vez que la usé. La puse un minuto en el microondas; cuando terminó de calentarse la saqué y la llevé a mi cuarto, lo puse sobre la mesita de luz, le agregué un chorrito de whisky y comencé a tomarlo, se sentía acogedor, como volver a la vida. Me tomé otras dos aspirinas con el último sorbo de café y me prendí un cigarrillo, me quedé sentado en la cama mientras lo fumaba. No sabía qué hora era y seguramente llegaría tarde al trabajo… otra vez.

Mi habitación era un desastre, el piso estaba lleno de botellas vacías de todos los colores, el olor a whisky derramado estaba impregnado en el ambiente, la toalla tirada arriba del vómito ahora parecía estar secándose, mi mesita de luz estaba atiborrada de libros, colillas y el teléfono que tenía sobre ella ahora estaba, por alguna misteriosa razón, tirado en el suelo. Mi escritorio estaba lleno de cenizas. Colillas, pañuelos usados y vasos sucios completaban la dramática escena; entre medio de todo eso estaba mi notebook, que me conecta con el mundo exterior y donde suelo escribir estupideces carentes de sentido.

Le di un sorbo más al whisky y me fui al baño, agarré la máquina de afeitar y con lo último que le quedaba de batería me afeité y me metí en la ducha, mis ojos ya se estaban acostumbrando a la claridad que entraba por la ventana del baño, pero todavía faltaba mucho para que pudiera abrirlos del todo, me dolían y según mi espejo aún destellaban un color rojo furioso. Me sequé y me peiné. Fui desnudo hasta mi habitación, donde me puse ropa cómoda; por suerte no me exigían más en el trabajo. Tomé otro sorbo de whisky, me prendí un cigarrillo y me puse los lentes de sol, no iba a poder soportar la luz del día sin ellos. Aún el bizarro cuadro que formaban los trastos en mi habitación me daba vueltas, me zumbaban los oídos y me temblaba el pulso, la cabeza me seguía doliendo pero no le di mayor importancia, me puse un buzo, agarré el celular, las llaves y salí a la calle, rumbo al trabajo, camuflado de persona sobria.

sábado, 31 de diciembre de 2011

El extraño caso del Hotel Supay


Eran las 2 a.m. cuando se apagó el motor del auto, con el último envión alcancé a estacionarlo a un lado del camino, revisé el tablero pero nada parecía fuera de lo normal, traté de encenderlo pero no hubo caso, prendí las balizas y bajé. El cielo estaba encapotado, el clima era húmedo, una espesa niebla cubría todo el lugar, difícilmente se podía ver a más de cinco metros. El único sonido provenía de los grillos y las únicas luces eran las de los faros del auto. Algunas polillas y otros insectos revoloteaban cerca de ellos. Me prendí un cigarrillo.

Había tomado un atajo por un camino de tierra, pensé que así alcanzaría más rápido la ruta principal, pero parece que mi viaje a la costa iba a tener que esperar, no sabía ni dónde estaba. Mi celular no tenía señal, si quería salir lo más rápido posible de ahí iba a tener que caminar hasta encontrar ayuda, así que entré al auto, agarré mi mochila y una linterna de la guantera, salí e inspeccioné un poco el lugar mientras terminaba mi cigarrillo. Al costado del camino había un bosque, con altos árboles y grandes copas que impedían la entrada de cualquier luz, una mañana de pleno sol allí adentro debía ser igual a la más oscura noche —pensé—.

Dejé las luces del auto prendidas y caminé hasta que la luz ya no alumbraba mis pasos, prendí la linterna y seguí varios metros más cuando me encontré con un cartel bastante grande donde se leía: “Bienvenido al pueblo de Lago Tranquilo”. Seguí caminando, había algunas casas abandonadas en la entrada al pueblo, pero más adelante se veían luces encendidas, luego de unas cuadras logré localizar una especie de hotel de mala muerte, desde afuera se veía descolorido y poco cuidado, un cartel luminoso de tubos verdes parpadeaba con ritmo azaroso, sólo decía “hotel supay”. Entré y el chirrido de la puerta llamó la atención de un señor del otro lado del mostrador que estaba viendo una pequeña televisión en blanco y negro con bastante interferencia. Era un hombre serio, de corta estatura, calvo, en su cara se divisaba el cansancio y la soledad, tenía la barba a medio crecer y ojeras prominentes.

—buenas noches —dije—
—buenas noches —contestó con una voz gutural—
—disculpe, ¿sabe dónde puedo encontrar un mecánico?, me quedé con el auto cerca de…
—no hay ninguno disponible hasta la mañana, ¿quiere una habitación? —interrumpió—
—bueno… sí, supongo que tendré que pasar la noche en el pueblo —dije—
—mañana a partir de las 9, aquí a la vuelta, siga derecho por la calle de la rambla hasta llegar al lago, gire a la derecha y siga hasta encontrar un taller mecánico, no tiene nombre, pero se dará cuenta —dijo—
—¿ese es el lago tranquilo? —pregunté curioso—
—¿quiere algo de comer? —dijo, evadiendo mi pregunta—
—bueno… sí —dije— Miré la hora y eran cerca de las 3, no me iba a venir mal algo de comer.
—puedo ofrecerle pollo, es lo único que hay, sírvase tomar asiento en alguna mesa.

Miré hacia atrás y había sólo tres mesas, de madera, con cuatro sillas cada una, eran antiguas y se notaban desgastadas, en el lugar había un ascensor pegado a la recepción y al lado unas escaleras, había pocas ventanas y las cortinas estaban cerradas; me senté y la silla crujió, desde las escaleras parecía escucharse un llanto de bebé que se mezclaba con el zumbido del cartel luminoso de afuera y la incesante interferencia del pequeño televisor. No volví a ver a aquel señor hasta que me trajo la comida, un cuarto de pollo asado con papas rústicas, el plato era color verde agua y estaba bastante cuarteado.

—¿qué va a tomar?, sólo tenemos agua o bebidas alcohólicas —dijo—
—tráigame un agua y cuando termine de comer le pido un whisky, ¿puede ser? —dije—

No contestó y se fue. La comida estaba bien para ser un lugar tan poco agradable. Me sobresalté cuando el señor del hotel apareció por detrás y puso algo sobre la mesa.

—aquí tiene, habitación 24, segundo piso al final del pasillo, el ascensor no funciona —dijo—
—gracias… —alcancé a decir antes que se fuera—

Era una llave con un llavero de esos que se usan en las oficinas con una etiqueta que decía “24”. Terminé de comer y fui hasta el mostrador, no había nadie, el pequeño televisor estaba apagado, toqué el pequeño timbre sobre el mostrador pero nada sucedió. Después de esperar unos cinco minutos, decidí irme a dormir las pocas horas que me quedaban, ya eran las 5 pasadas, con suerte podría dormir cuatro horas hasta que abriera el taller mecánico. Mi whisky nunca apareció.




Comencé a subir las escaleras, eran también de madera y crujían a cada paso, parecía que todo el lugar crujía de antiguo, el llanto del bebé ya no se escuchaba, todo parecía muy tranquilo. Llegué al segundo piso y caminé hasta el final del pasillo como me indicaran, allí estaba, una puerta de madera con un número 24 en bronce, bastante sucio. Entré, prendí la luz y cerré la puerta con llave, la saqué y la puse sobre la mesita de luz.

La habitación era bastante oscura, una lamparita colgaba del medio de la habitación y se balanceaba por el viento que entraba de la ventana, que curiosamente se encontraba abierta. Un reloj marcaba la hora encima de la puerta y un cuadro con un motivo abstracto que daba miedo decoraba el cuarto. Cerré la ventana y fui al baño, había un inodoro, una ducha empotrada en la pared, un lavatorio y un espejo. Salí y apagué la luz, me tiré en la cama vestido.

Me desperté de golpe, estaba oscuro, había un ruido detrás de la puerta, como si un perro estuviera olfateando por debajo, pero a juzgar por las sombras que se proyectaban parecían varios perros, me levanté de golpe, me quedé escuchando unos segundos pero los ruidos se callaron al mismo tiempo que las sombras desaparecieron, con cautela abrí la puerta pero no había nada detrás, la escasa luz del pasillo se proyectaba con serenidad en la antigua alfombra. Cerré la puerta y me prendí un cigarrillo, miré la hora, el reloj marcaba las 2 a.m., pero no era posible… a esa hora todavía no había encontrado el hotel, prendí la luz y me fijé en el reloj de la habitación, marcaba las 2 a.m. en punto, pero el segundero no se movía. Fui hasta el baño y abrí la canilla para lavarme la cara; no había agua.

Salí de la habitación y comencé a bajar las escaleras para ver si encontraba al señor del hotel, seguí bajando hasta la planta baja, lo encontré mirando su televisor con interferencia.

—disculpe… —dije—
—sí, ¿qué necesita? —dijo sin despegar la vista de la tele—
—parece que no hay agua en el baño —dije—

No me contestaba. Pestañeé y ya no estaba, la tele estaba apagada y todo el lugar a oscuras; como pude prendí la linterna, estaba nervioso y transpirando, fui hasta la puerta del hotel pero parecía cerrada, no pude abrirla de ninguna manera, se escucharon varias risas como de niños jugando, me di vuelta de golpe pero no había nada y las risas cesaron. Me metí a través del mostrador para ver si estaba el hombre, pasé por la puerta y había un escritorio, una silla y una puerta más, abierta, con azulejos celestes dentro, parecía ser un baño, alumbré al escritorio, había un manojo de fotos y sobre la pared recortes de diario pegados con cinta, me puse a ver las fotos, parecían unos nenes jugando en un patio, eran fotos antiguas, en blanco y negro, pero también había fotos a color, de una niña rubia, muy bonita, había recortes de diario pegados en la pared, me puse a leer, “Horror en Lago Tranquilo, perro mata a una niña”, no terminé de leer el titular cuando se escucha una voz acercándose, —¿quién anda ahí? —gritó—, era la voz áspera y lúgubre del señor del hotel, solté las fotos sobre el escritorio, fui hasta el baño que había allí, cerré la puerta con cuidado pero el hombre se acercaba, el picaporte comenzó a girar y en el momento que abrió la puerta me desperté sobresaltado en la cama de mi habitación.

El sol se colaba por entre la cortina y me daba en los ojos, ¿había sido un sueño?, miré la hora, eran las 8:45 de la mañana, miré el reloj de la habitación y estaba en hora, no entendía bien que estaba sucediendo, pero me dio mala espina. Fui al baño, abrí la canilla y había agua, me lavé la cara y me fui de la habitación. Bajé los dos pisos por la escalera hasta la planta baja, no había nadie, me acerqué hacia la puerta, que esta vez se encontraba abierta, salí y me dirigí hacia donde el señor del hotel me había indicado, giré a la derecha, seguí por la calle de la rambla hasta el lago y volví a girar, seguí camino unas cuadras hasta que me encontré con lo que parecía ser un taller, no tenía nombre pero había tres autos estacionados fuera y uno dentro al que un hombre debajo parecía estar reparando, entré y me acerqué hasta el auto.

—hola, disculpe —dije—
—hola, ¿qué necesita? —me dijo desde abajo del auto—
—ayer dejé mi auto en las afueras del pueblo, se paró de golpe y no pude hacerlo arrancar, quería saber si podía verlo —dije—

El hombre salió de debajo del auto.

—claro, ahora vamos a buscarlo, ¿esto fue ayer?
—sí, ayer por la madrugada
—¿y dónde pasó la noche? —preguntó mientras se frotaba las manos con el overall para limpiarse la grasa—
—en el hotel, acá a unas cua…
—¿en el hotel? —interrumpió con cara sombría—
—sí… —le dije—

Se me quedó mirando fijo.

—¿pasa algo malo?
—no, no, claro que no, ¿por qué no vamos a ver su auto? —dijo, cambiando bruscamente de tema—

Fuimos en su camioneta, una Chevrolet C10 de 1967. Después de inspeccionar un poco el motor me dijo, tras haber descartado varios desperfectos, que seguramente no arrancaba por una baja compresión en los cilindros, que lo íbamos a remolcar y que para mañana estaría arreglado. Lo atamos a la antigua camioneta y emprendimos el viaje de vuelta hacia el taller.

—no sabía que había un pueblo por acá —comencé la conversación—
—no es un pueblo muy visitado —dijo—
—quería tomar un atajo hacia la costa y pensé que este era el camino —dije—

No contestó.

—¿y a qué se dedican? —pregunté—
—muchos son agricultores, exportan lo que producen a la capital, algunos tienen granjas, establos, y los que no, tienen negocios como el mío, talleres, farmacias, zapaterías, mercados, nos ayudamos entre nosotros —dijo—
—¿por qué pareció sorprenderse cuando le conté que había estado en aquel hotel?

Tardó en contestar.

—Hay varias historias sobre ese hotel, sabe… la hija del dueño del hotel murió atacada por un perro en el patio trasero, un doberman, le atacó la cara, el cuello, le mordió tanto el cuello que casi se lo arranca de cuajo, la cara le quedó totalmente desfigurada… y nadie supo de dónde salió aquel perro, fue un acontecimiento terrible para el pueblo, pero ya hace 40 años, algunos dicen que el matrimonio se volvió loco al ver la cara de la nena.
—¿el matrimonio? —pregunté—
—Sí, los dueños del hotel, la señora, la madre de la nena, se encuentra internada en un hospital psiquiátrico…, algunos dicen que el fantasma de la niña aún deambula por el hotel, del perro jamás se supo nada.
—es terrible… —dije sorprendido—
—sí, es en verdad terrible. Ah, pero la historia no termina aquí; una vez, varios años antes de aquel hecho, un grupo de niños del colegio cristiano del pueblo aledaño vinieron de visita a Lago Tranquilo a conocer la antigua imprenta de periódicos del pueblo y se alojaron en el Supay, esa noche el hotel se incendió, nadie sabe bien la causa, pero al parecer fue por un desperfecto eléctrico. Ningún niño logró salvarse, el que no murió alcanzado por las llamas murió asfixiado, luego lo remodelaron, pero dicen que las almas en pena de todos esos niños aún permanecen en el lugar.
—¿y el señor del hotel?
—se salvó misteriosamente, él dijo que había bajado a ordenar las cosas del sótano, cuya entrada se encuentra por fuera de la construcción y que pasó una buena cantidad de horas allí; cuando salió, el incendio ya había consumido gran parte del edificio, fue él quien llamó a los bomberos.
—por dios —dije—
—Actualmente no suelen tener muchos clientes, salvo algún que otro conductor agobiado que pasa la noche allí para continuar rumbo a su destino al día siguiente; sabe, hay otro hotel del otro lado de la ciudad, el Hotel Oasis, muchos viajeros que pasan por aquí prefieren hospedarse en él, más limpio, más moderno.

Nos quedamos callados el resto del viaje. Llegamos al taller, me bajé y le agradecí que pudiera terminarlo para mañana, nos despedimos y partí rumbo al hotel.

Subí a mi habitación, eran cerca de las 5 p.m. todavía era de día, conté la plata que tenía en la billetera y sopesé si me iba a alcanzar para pagar los 2 días de hotel y el arreglo del coche, me recosté y me quedé dormido.




Me desperté cerca de las 10:30 p.m., decidí salir a comer algo afuera, la verdad no tenía ganas de comer pollo de nuevo ni de quedarme en aquel hotel un minuto más. Bajé las escaleras hasta la planta baja, estaba todo oscuro, no había nadie, la puerta que daba a la calle estaba abierta. Se me ocurrió que podría comprobar si lo que había soñado realmente había sido un sueño; al pensar esto un escalofrío recorrió mi cuerpo y un sudor frío inundó mi frente, tenía miedo, pero quería saber…

—¿señor…? —dije— Nadie contestó.
—¡hola!, ¿hay alguien…? —pregunté nuevamente— Silencio.

No tenía en ese momento la linterna pero tenía mi celular, que permanecía aún sin señal pero me iba a permitir alumbrarme, me colé por el mostrador hacia aquel cuarto donde había estado la noche pasada, en sueños. Sentí miedo, el manojo de fotos estaba en el mismo lugar que en mi sueño, los recortes estaban allí, eran los mismos, parecían de diarios muy viejos.

“Horror en Lago Tranquilo, perro mata a una niña”, “El sábado por la tarde se produjo un hecho desgarrador en el clásico hotel Supay del pueblo de Lago Tranquilo, Carla, una niña de 6 años de edad, hija del matrimonio dueño del hotel, fue atacada por un perro doberman y falleció casi en el acto luego del que el perro prácticamente le desfigurara la cara, la policía está investigando a posibles involucrados pero aun no tienen certeza de quién pueda ser el dueño del perro, que permanece desaparecido. Siguen buscando testigos que puedan ayudar a resolver el caso”.

“Brutal incendio arrebata la vida de 15 niños”, “Niños de la escuela católica Cristo Redentor, del pueblo de Los Ombúes fueron de visita guiada a la redacción e imprenta del diario El Sol en el pueblo de Lago Tranquilo, su lugar de alojamiento fue el Hotel Supay donde se produjo un incendio que se llevó la vida de los 15 niños. Peritos investigan las causales del incendio, el cual podría deberse a un desperfecto eléctrico en una de las habitaciones”

Me puse a ver las fotos, había varias de una niña rubia que supuse sería Carla, y otras de ella con una señora que parecía ser la madre, de repente escuché unos perros ladrando, el sonido provenía de fuera de aquella habitación, solté las fotos y apagué el celular; me acerqué al mostrador y pasé por debajo, el sonido venía de arriba, me quedé escuchando, era el mismo sonido que hubiera escuchado la noche anterior, al cabo de unos segundos se hizo silencio. Me alejé de la recepción y fui rumbo a la puerta.

Salí del hotel y caminé varias cuadras inmiscuido en mis pensamientos hasta que llegué a un bar, tenía buen aspecto, entré. El lugar era amplio pero había poca gente, la mayoría —supuse— pueblerinos, sentados en la barra tomando whisky o cerveza y hablando en voz alta. Me senté en una mesa cerca de la ventana, pedí un plato de ravioles con salsa bolognesa, mi favorita. Mientras tanto varias preguntas daban vueltas en mi cabeza, ¿por qué el hombre del hotel conservaría esos recortes?, ¿quién había sacado todas esas fotos?, ¿por qué sucedían tantas cosas extrañas en aquel hotel?, recordé las historias que me contó el mecánico. Una vez acabé de comer, pedí la cuenta y me fui rumbo al hotel. Eran pasadas las 12 a.m.

Llegando me di cuenta que la luz estaba encendida, abrí la puerta y entré. Para mi sorpresa estaba el señor del hotel, mirando su pequeña televisión con interferencia, no saludé, seguí caminando hacia las escaleras.

—buenas noches —dijo el hombre con su voz gutural—
—buenas noches —respondí mientras apresuraba el paso hacia las escaleras—

Tenía miedo; de aquel hombre, de este hotel, de las cosas que sucedían en él. Entré a mi habitación y cerré la puerta con llave, la lamparita que colgaba del techo se balanceaba, otra vez la ventana abierta, la cerré y me recosté en la cama, me quedé mirando el techo, me consolaba saber que mañana todo acabaría; en el taller iban a arreglar mi auto y me iría rumbo a la costa como tenía planeado. Me quedé dormido.




Un estruendo se escuchó en el baño, me desperté sobresaltado, prendí la luz y como pude me levanté, fui a ver qué pasaba; el espejo había estallado en pedazos, comencé a alejarme del baño y pisé un pedazo de vidrio que se rompió debajo de mi zapatilla, me di vuelta y vi lo más espantoso que alguna vez haya visto, una nena con la cara destrozada, no alcanzaba a distinguir sus facciones, su cuello a duras penas podía sostener el peso de su cabeza, la sangre brotaba de su cara como una cascada y movía lo que parecían ser labios.

—hola —dijo—
—¿qu.. qu.. quién sos? —tartamudeé—
—Allá vienen… ayudame—dijo—
—¿qu.. quiénes…?
—los perros —contestó—

Al mismo tiempo volvieron los sonidos de perros olfateando debajo de mi puerta y la nena desapareció. Permanecí inmóvil sin saber qué hacer, mirando la parte de abajo de la puerta, se hizo silencio, los perros se habían ido. Abrí la puerta, la tenue luz del pasillo alumbraba la alfombra, caminé hacia las escaleras y comencé a escuchar las risas de unos niños, a medida que bajaba el sonido se hacía cada vez más fuerte, parecía elevar su volumen exponencialmente casi hasta dejarme sordo, me detuve, aturdido, quise volver a subir pero cuando me di vuelta vi a la nena, estaba en uno de los escalones, allí permaneció con su cara totalmente destruida y llena de sangre, desistí de subir y comencé a correr escaleras abajo. El sonido de los niños riendo era ensordecedor, me tapé los oídos, finalmente llegué a la planta baja y los vi… un montón de niños jugando, gritando, su aspecto era fantasmal, un velo blanco parecía cubrir sus cuerpos, cuando notaron mi presencia se callaron y me miraron, todos ellos me miraban… todo comenzó a darme vueltas, permanecí quieto, me desmayé.

Desperté sobre la cama de mi cuarto, transpirado, miré la hora en mi reloj, las 2 a.m., no entendía por qué seguía sucediéndome esto pero no pensaba pasar un minuto más en aquel hotel, quería irme cuanto antes y eso iba a hacer. Me levanté, junté mis cosas y salí al pasillo, bajé corriendo las escaleras, llegué a la planta baja, el señor del hotel estaba mirando su televisor, pasé corriendo y debió ser la única vez que el hombre se dio la vuelta para mirarme, me detuve y lo miré.

—nos volveremos a ver —dijo con tranquilidad —nadie escapa de Lago Tranquilo.

Corrí hasta la puerta del hotel, la abrí y seguí corriendo hasta el taller donde había dejado mi auto, la espesa voz de aquel hombre retumbaba en mis oídos y pesaba en mi cabeza, pero no tenía tiempo para pensar. Por fin llegué hasta el taller, como era de esperar a esa hora, se encontraba cerrado, con la persiana baja; agitado como estaba me puse a golpear la puerta contigua, que supuse pertenecía al taller, llamé al hombre del taller varias veces mientras golpeaba hasta que alguien abrió la puerta, era él.

—¿qué pasa?, ¿qué es todo este ruido? —dijo mientras abría la puerta—
—soy yo, vengo a buscar mi auto, necesito irme de acá ya mismo —dije con voz agitada—
—ah, ¡usted!, ya empezaba a preocuparme, ¿qué hace acá a estas horas? —dijo—
—¿a preocuparle?, no entiendo a qué se refiere —dije—
—sí, hace ya casi dos semanas que no lo veo, empecé a pensar que se había ido del pueblo por otros medios —dijo con una sonrisa en su rostro—
—¿dos semanas?, no sé de qué me habla, apenas pasé en ese maldito hotel dos días, por dios, no importa, ¡deme mi auto ya mismo!
—sí, por supuesto, pase, pase, ahora abro la persiana para que se lleve su auto —dijo divertido—

No entendía por qué no se le borraba esa sonrisa de la cara. El hombre subió la persiana y me indicó con un ademán donde se encontraba mi auto, lo reconocí al instante, fui hasta él y me subí, coloqué la llave y encendí el motor, ¡había arrancado!, por fin mi auto estaba reparado; me sentí más tranquilo, ya todo acabaría, necesitaba irme de aquel lugar para tomarme mis más que merecidas vacaciones y olvidarme de todo este asunto.

—muchas gracias, ¿cuánto le debo?
—deje, no es nada, ya encontrará oportunidad de pagarme, de todas formas no logrará salir de aquí —dijo seriamente—
—¡¿cómo dice?!
—lo que oyó —dijo—

Puse primera y aceleré, salí del taller y me dirigí rumbo al hotel, desde allí sabría como regresar a la ruta, pasé por la puerta y seguí varias cuadras, pero a pesar de que avanzaba a toda velocidad no lograba encontrarla, las cuadras pasaban, las casas abandonadas y los extensos campos se extendían por todos lados, la calle no parecía tener fin. El tablero me marcaba que el combustible se estaba agotando, además me percaté del hecho de que no había ningún otro conductor por ahí, me pareció raro. Frené y doblé en una de las calles, avancé muchas cuadras, prendí la radio para distraerme, alguna salida tendría que encontrar si seguía derecho, pero estuve más de una hora sin encontrar un sólo rastro de la ruta. Cansado, volví a doblar, ya no sabía qué hacer, qué camino tomar. El motor comenzó a carraspear y el coche se detuvo en aquel camino. El horror se apropió de mí, no podía creer lo que mis ojos veían, un sudor frío recorrió mi frente mientras los faros alumbraban aquel maldito cartel: “Bienvenido al pueblo de Lago Tranquilo”.


1: Diablo o demonio en lengua quechua. (N. del A.)
 
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