
Me despidieron del trabajo, la gerente me llamó a una sala de reunión y me lo comentó. Mi cara permaneció inmutable, respondí a todo con un seco “ok”, hasta que me aburrí de escucharla, me levanté y me fui de la sala, la dejé hablando sola. Ya me lo veía venir, estuve faltando bastante a causa de mis resacas y de quedarme escribiendo toda la noche, tampoco me gustaba lo que hacía, ni la gente con la que tenía que convivir en el día a día; odio a la gente. Fui hasta mi escritorio, me senté en la silla y abrí mi cajón, no tenía mucho que llevarme, había muchos papeles anotados con cosas de trabajo, varias biromes, un anotador, clips desparramados y un taco con papelitos de colores. Agarré el anotador y la mejor birome que encontré; de mi escritorio agarré mi paquete de cigarrillos y el encendedor. Me paré y me fui, en el camino me crucé con la gerente, que me miró con una cara entre extrañada y furiosa, le sonreí y seguí camino.
Una vez afuera del edificio me encendí un cigarrillo y me puse a caminar, caminé bastante, con el ceño fruncido, de vez en cuando frenaba en alguna vidriera y luego seguía caminando. Seguí hasta toparme con una plaza, muy bonita, había árboles, gente sentada en el pasto, bancos. Me acerqué y camine bordeando la plaza y examinándola más de cerca hasta que encontré un banco libre, me senté y me quedé mirando a la gente pasar, tan apurados ellos; los había de todo tipo, algunos escuchando música, algunos con cara de preocupación, otros con cara seria, bien vestidos, mal vestidos, pero nadie alegre. Hombres y mujeres caminando, inmiscuidos en sus pensamientos, atrapados en sus propios problemas, sumergidos en un mar de egocentrismo que les impide ver lo que pasa alrededor, perdiendo el tiempo trabajando ocho horas diarias para cobrar su dinero a fin de mes y creyendo que así son felices, gastándolo todo en impuestos, servicios y ropa cara, ignorando lo que de verdad vale en la vida, ignorando que lo que parece hacerlos felices es lo mismo que los destruye.
Cuando me cansé de ver pasar gente anclada a la sociedad como esclavos del siglo XXI me recosté sobre el banco, boca arriba, y miré el cielo, ah, pero allí todo era muy distinto, el despliegue de nubes, tan libres, dejándose llevar por el viento, pájaros volando por senderos aleatorios. Sentí tristeza por la raza humana, pensé que ojalá la humanidad toda llegue algún día a ser como nubes o pájaros, cerré los ojos y me quedé dormido, tranquilidad en el medio del caos.
Desperté cuando ya era de noche, o eso pensaba, pero en invierno anochece más temprano, no llevaba reloj así que no tenía idea de que hora era, pero debían ser las nueve y pico de la noche, me incorporé, si bien aún había gente caminando por ahí, no era el mismo caudal que hace unas horas. Me levanté y crucé la calle, luego caminé unas cuadras hasta que noté un negocio que me llamó la atención desde lejos, un cartel muy luminoso rezaba “The Temple Bar”. Llegué y miré para adentro a través del vidrio, un lugar bastante acogedor, sobre todo porque vi unas mesas que me gustaron bastante, hechas en madera gastada, la mesa era un rectángulo bastante angosto, donde dos personas sentadas enfrentadas estarían incómodas por el poco espacio, los asientos no eran sillas, eran bancos, con un respaldo alto, compartido con el asiento de la mesa de atrás; la luz era tenue pero suficiente. Entré y me dirigí hacia allí, me saqué el abrigo y lo dejé sobre la mesa, del lado de la pared, saqué mi anotador y mi birome, revisando encontré algunas cosas escritas de trabajo, de mi ahora ex trabajo, arranqué esas páginas, las hice un bollo y las dejé sobre la mesa. En eso llegó un bartender del lugar y me preguntó muy amablemente que quería tomar, le dije que me traiga la cerveza más fuerte que tenga, y eso hizo, me trajo una Otro Mundo Strong Red; por fin iba a tomar una buena cerveza y no esa mierda barata nacional. Me habían despedido, pero pensaba disfrutar al máximo el último dinero que me quedaba. Abrí el anotador y comencé a escribir algunas ideas para un relato, que con suerte llegaría a ser aunque sea una novela corta. A medida que la cerveza se acababa, mi mente iba nutriéndose de nuevas ideas, así fue que pedí y terminé dos cervezas más, hasta que llamé al bartender otra vez, era hora de empezar con la artillería pesada. Esta vez no le pedí lo más fuerte, le pedí el whisky más barato que tuviera y me trajo un J&B, se notaba que era un local de clase, el tipo quizás pensaba que yo era desquiciado… y no se equivocaba. Seguí escribiendo, hasta que un borracho imbécil, de los que andan bien vestidos y papá les paga el trago, tropezó y calló sobre mi mesa, con la mano intentó agarrarse de donde sea y tiro mi vaso de whisky encima de mi anotador. Me paré.
—¿Qué hacés borracho de mierda? —le dije.
—Eh, huevón, no me jodas las bolas —dijo mientras tambaleaba intentando pararse.
—¿Que no te joda qué?, ¿quién va a pagar esto imbécil?
—Dejame de joder flaco, porque te rompo la cara —dijo mientras se daba vuelta para irse.
Agarré el vaso de whisky y se lo partí en la cabeza antes que se aleje, el tipo se encorvó por el golpe y luego se dio vuelta, su desconcierto pronto se transformó en ira y se le notaba en la cara, me miró fijo mientras se tocaba la cabeza, vino corriendo hacia mi y me pegó una trompada en la cara que no pude esquivar, me caí al piso, de mi nariz brotaban ríos de sangre, me levanté con ayuda de la mesa y agarré la birome, el tipo se estaba yendo, me acerqué rápido y le toqué el hombro, se dio vuelta con suavidad como cantando victoria, entonces le clavé la birome en el ojo con una furia satánica, el tipo comenzó a gritar como maricón, se llevó las manos a los ojos, se sacó la birome y esta cayó al suelo, al tiempo que gritaba de dolor también gritaba “hijo de puta!, hijo de puta!” tapándose los dos ojos con las manos, la sangre brotaba de esa cavidad ocular peor que de mi nariz. De la sangre que estaba en el piso ya no se distinguía cuál era la mía y cual la de él.
Vino un gordo espantoso que hacía las veces de seguridad del lugar y me agarró de los pelos, con el último manotazo alcancé a agarrar mi anotador empapado en whisky y llevármelo al bolsillo, el sujeto me llevó arrastrando hasta la puerta del lugar y me empujó hacia la vereda, lo hizo con tanta fuerza que caí al piso. Cuando me estaba incorporando se volvió a abrir la puerta, era este gordo horripilante con mi abrigo, que me lo tiró por la cabeza. Desde afuera se escuchaban los gritos del maricón tuerto, me puse el abrigo y crucé la calle, me quedé enfrente esperando ver que sucedía, como quien mira una película y espera con ansias el desenlace. Mi sangre había dejado de brotar, pero tenía la cara llena de ella, me limpié como pude con la remera; lo bueno de todo esto es que no desembolsé ni un peso por las bebidas.
La ambulancia no tardó en llegar, entraron al bar y luego llevaron hasta ella al maricón, que seguía puteando y gritaba de dolor, lo subieron y se fueron. Yo me disponía a irme cuando escucho que gritan “¡allá está!, ¡es él!”, miré hacia atrás y vi creo que seis o siete pelotudos que imaginé serían amigos del maricón, me detuve en seco y me quedé con calma esperando que llegaran, obviamente no venían a abrazarme; cuando llegaron intenté pegarles, alcancé a pegar algunas piñas pero eran demasiados y mi alcohol en sangre no ayudaba para nada, me agarraron y me cagaron a trompadas y a patadas, por suerte estaban tan alcoholizados que pegaban como el otro maricón, pero se ve que pegaron fuerte porque creo que me desmayé. Me desperté cuando ya era de día, todo ensangrentado y dolorido, la gente pasaba y me miraban como si fuera un mendigo bañado en sangre, pero nadie era capaz de ayudarte, por suerte no los necesitaba, me puse de pie y me limpié como pude la cara y las manos con la remera, me fijé si tenía todos los dientes y mi anotador, parecía que aún conservaba ambas cosas así que me fui caminando, no sabía bien para donde, estaba bastante desorientado. Caminé en línea recta hasta toparme con una estación de tren, tenía suerte, ese tren me dejaba a una cuadra de mi casa, saqué boleto y fui hasta el andén, quise encenderme un cigarrillo pero no los encontraba por ningún lado, debieron haberse perdido en la gresca. Me acerqué a un hombre que estaba fumando.
—Disculpe, ¿tiene un cigarrillo? —pregunté.
—Claro —dijo inspeccionándome de arriba a abajo —¿está usted bien? —preguntó.
—Sí, por supuesto —contesté.
Me dio el cigarrillo y fuego. Fumé hasta que llegó el tren, me subí y encontré asiento, no había mucha gente. En el camino me empezó a doler la cabeza, me recosté contra el respaldo del asiento y dormí un rato.
Desperté una estación antes de donde me tenía que bajar, cuando bajé pasé por el kiosco y compré unos paquetes de cigarrillos, subí a mi departamento y fui a mi habitación, donde me desabrigué y encendí un cigarrillo, fui hasta el baño y me lavé la cara para quitar los restos de sangre, luego fui hasta la cocina y saqué de la heladera una cerveza de litro bien helada, bebí la mitad en una sola toma, tenía mucha sed. Me llevé la botella hasta mi escritorio y me senté frente a mi notebook, repasé las notas de mi anotador manchado de whisky y sangre, comencé a bosquejar algún escrito pero me dolía demasiado la cabeza, agarré 2 aspirinas de un cajón de mi mesa de luz y las bajé con unos tragos de cerveza. En vez de escribir me puse a corregir algunos escritos que tenía archivados, era una tarea menos ardua. La cerveza se terminó y no tenía nada más para beber, así que fui al supermercado, compré una botella de whisky barato y una especie de Coca Cola de segunda marca. Por más gustos que me quiera dar, ahora que estaba sin trabajo iba a tener que ahorrar si quería seguir viviendo.
Me senté a seguir corrigiendo escritos mientras tomaba whisky con cola y fumaba un cigarrillo, puse un poco de jazz para relajarme, el jazz siempre es bueno y bienvenido. Estaba concentrado modificando textos cuando de repente suena el teléfono, es raro que alguien me llame, amigos no tengo y jamás atiendo el teléfono, el que quiera comunicarse debía dejar un mensaje u olvidarse de hablar conmigo, supuse que era alguna encuesta televisiva o algún telemarketer ofreciéndome servicios de los que nunca interesan a nadie. Dejaron un mensaje, cuando revisé resulta que era Matías, un ahora ex compañero de trabajo para decirme que se juntaban esta misma noche a jugar poker, lo llamé y le dije que iba, quedamos en que me pasaba a buscar con su auto a eso de las 22 hs.
Recién eran las 20 así que me quedaba algo de tiempo, pero no tanto, terminé de corregir aquel texto y me fui a bañar, me dolían todos los huesos de aquella golpiza. Ya bañado me puse algo de ropa decente, comí unos sándwiches de jamón y queso que tenía en la heladera y tomé unos vasos de whisky hasta que se hizo la hora. Me pasaron a buscar y fuimos a la casa de otro ex compañero, del mismo nombre, Matías; estuvimos jugando al poker, comiendo algunas cosas que había preparado la novia de Matías, el dueño de la casa y bebiendo alcohol hasta el amanecer, mi saldo resultó positivo, habiendo ganado $160, no jugamos por mucho pero éramos varias personas, una vez que nos repartimos el dinero ya estaba listo para irme, igual que Matías, el dueño del auto, nos despedimos y nos fuimos. Apenas hubimos agarrado la autopista, un auto que venía demasiado rápido no calculó bien al frenar y nos chocó desde atrás, mientras nos bajábamos, el auto dio marcha atrás y quiso escaparse por la derecha, pero le surtí una patada con todas mis fuerzas a la ventanilla del lado del conductor rompiéndole todo el vidrio; el auto giró hacia la derecha demasiado y dio medio trompo, quedando en sentido contrario al tránsito.
—Dame el bastón —le dije a Matías.
—¿Qué? —preguntó.
—El bastón extensible.
—¿¿Qué vas a hacer??
—Lo que se debe hacer en estos casos, claro.
Sabía que lo tenía en el auto porque yo se lo regalé para que allí lo tuviera ante cualquier situación de emergencia… como ésta, es un bastón extensible de acero macizo. Una vez lo tuve en mis manos lo extendí y fui hasta el auto, el sujeto estaba saliendo, se lo veía enojado pero temeroso, tenía algunos cortes en la cara, seguramente provocados por la lluvia de vidrios de la ventanilla; habló antes que yo lo haga, podría haber dicho cualquier otra cosa, como pedir disculpas, pero prefirió insultarme, lo cual para mí, que soy un hombre intolerante fue una invitación clara. Me acerqué y antes que pudiera hacer nada le di un palazo en las rodillas con la barra de acero, gritó y calló al suelo arrodillado, le asesté un golpe en la cabeza con la misma barra y terminó de caer completo al piso, todo sucedió muy rápido, al tiempo que veía un charquito de sangre formándose en el piso escucho una voz de mujer que grita “¡¡basta!!, ¡¡basta!!”, resulta que el sujeto venía acompañado por una señorita, se bajó del auto y fue hasta el sujeto a contenerlo, pero parecía inconsciente. Le dije que le iba a llamar a una ambulancia, le pedí el celular a Matías, que miraba la escena estupefacto y pedí una. Le dije que nos vayamos y eso hicimos.
—Vos estás en pedo… —dijo, una vez dentro del auto.
—Sí, lo estoy ahora y lo estoy en muchas otras ocasiones.
—¿Cómo vas a hacer eso?, estás loco, mirá si pasaba un patrullero, mirá si lo mataste al pobre tipo.
—Me insultó, no voy a tolerar ese tipo de cosas, si no me insultaba capaz zafaba de la golpiza, me pone iracundo que me insulten y que me choquen, vos deberías estar más enojado que yo, andá a saber cuánto te sale arreglar el auto.
—Me lo hubiera pagado el seguro si me hubieras dejado intercambiar papeles con el tipo, pero lo cagaste a palazos con esa porquería, ¡violento de mierda!
—Vos querés terminar como el tipo ese, ¿no?
No hablamos nunca más en el transcurso del viaje.
Cuando me dejó en mi casa subí y lo primero que hice fue servirme un whisky, lo dejé en la mesa de luz y me puse mi remera de dormir, me saqué los pantalones y me recosté con la espalda contra la pared para poder beber cómodamente, encendí un cigarrillo mientras bebía y pensaba, cuando terminé me deslicé por la cama y apagué la luz, necesitaba dormir.
Por la mañana me desperté con algunas ideas sobre lo que estaba escribiendo, me levanté y anoté algunas cosas en mi pequeño anotador, luego fui al baño a lavarme la cara y me hice un café. Cuando lo terminé me senté en mi escritorio a tratar de escribir un rato, plasmé las ideas que había anotado pero ahora estaba seco de ellas, necesitaba un empujón, así que me serví whisky. Pasaron unas horas y comencé a sentirme realmente mal, mis tripas hacían ruidos asquerosos y estaba mareado, tenía que ir a cagar cada cinco palabras que escribía así que me tomé dos pastillas de loperamida y seguí escribiendo. Di por terminada mi escritura cuando mi estado era ya deplorable, dejé todo como estaba, me levanté y literalmente me caí en la cama.
Dormí tres días y tres noches, levantándome en ocasiones para tomar agua. Cuando por fin desperté tenía un hambre terrible, no sabía ni que hora ni que día era, sólo sabía que era de día, fui hasta la heladera y agarré lo único que quedaba, un poco de pan lactal y queso, comí unos sándwiches pero me quedé con hambre, así que me vestí y tomé la billetera, me dirigí hacia un restaurante cercano y pedí un apetitoso plato de ravioles con salsa bolognesa con el cual quedé muy satisfecho, no bebí nada, pedí la cuenta, pagué y me fui a mi casa. Cuando llegué, vi que tenía un mensaje en el teléfono, era una de las pocas amigas que me quedaban, Flavia, preguntándome si quería ir a tomar algo a algún bar. Para mi eso no era ningún problema así que la llamé y acordamos encontrarnos en un bar cerca de su casa a eso de las 21 horas. Nos encontramos afuera y entramos, nos acomodamos y pedimos unos tragos, ella un daikiri y yo un tequila sunrise, estuvimos hablando un buen rato, le conté que me despidieron del trabajo, me preguntó si me podía manejar así y le dije que por ahora sí, que tenía algunos ahorros. Mientras hablábamos noté que desviaba la vista hacia algo ubicado detrás de mí.
—¿Qué mirás tanto atrás mío?
—Nada, hay un tipo que me está mirando desde que llegamos.
Me la quedé mirando con cara seria, parecía que lidiar con los idiotas era mi misión en la vida, me di vuelta y, en efecto, había un sujeto mirando, que bajó la vista cuando me vio. Me paré, Flavia trató de detenerme pero fui hasta aquella mesa.
—Hola —le dije al sujeto, que estaba acompañado por otros dos tipos y una mujer.
—Hola —me dijo.
—Estás mirando mucho para nuestra mesa, ¿te debemos algo?
—No, ¿por?
—Ya te dije, estás mirando mucho a nuestra mesa, no me gusta repetir las cosas.
—Sí, estaba mirando, ¿y qué? —dijo en tono amenazante.
—Y que te voy a partir toda esa cara de puto a golpes —contesté.
—A mi no me hablás así eh —dijo el sujeto parándose de la mesa.
—Yo te hablo como se me canta el culo.
—Ah sí?
—Sí
El sujeto, que ya estaba enfrente mio, me empujó, le asesté un golpe que logró esquivar, luego él me puso una piña en la cara y caí al piso, otra vez sangre, otra vez mi nariz. Me hice el herido y levanté un poco la cabeza para saber donde estaba ubicado, me paré de golpe y le di una piña en la mandíbula, esa sí que no la esquivó, tampoco se cayó, se sostenía la boca con la mano mientras la sangre se escurría entre sus dedos, se me arrojó encima al mismo tiempo que algo me toca el hombro con una fuerza sobrehumana y me aparta con brusquedad de la situación, era un sujeto grandote y pelado que agarró a este tipo de la camisa y comenzó a asestarle golpes en la cara sin que pueda defenderse, yo estaba parado, perplejo, ¿qué había pasado?, ¿quién era este sujeto pelado que me estaba defendiendo?, cuando el tipo cayó al piso, el sujeto se dio vuelta y me dijo: “lo conozco, es un hijo de puta”, y se fue. La gente del bar miraba y se oían murmullos por todos lados, Flavia se tapaba la cara y yo, que me quedé iracundo y con ganas de pelear, aproveché que no había personal de seguridad en ese bar y me acerqué el tipo tirado en el piso, miré a la gente que lo acompañaba, estaban parados pero ninguno se movía, con mi furia contenida comencé a darle patadas en el estomago al tipo hasta que comenzó a vomitar sangre, una vez descargada mi furia me acerqué a la mesa donde estaba Flavia y le dije que nos vayamos, agarré unas servilletas y me limpié la sangre de la cara, le pregunté al mozo cuánto era, le pagué y nos fuimos, recién cuando me fui pude ver a los acompañantes del sujeto acercársele a ver como estaba.
—Sos un imbécil —dijo Flavia.
No respondí. Caminamos sin hablar hasta su casa, donde ingresó sin saludarme. No le di mayor importancia y me fui hasta la parada del colectivo. Yo quería mucho a Flavia y ella a mí, sabía que este enojo no podía durar mucho, aunque me preocupaba que sí lo hiciera, pero preferí no pensar en eso y me relajé hasta llegar a casa.
Una vez en mi departamento no tenía ganas de hacer nada, me serví unos shots de whisky para pasar el rato, puse un poco de jazz de fondo y me fui a dormir.
Me despertó la lluvia sobre mi cara, tenía la ventana un poco abierta, eras las 9 a.m., cerré la ventana y como no tenía sueño me levanté, levanté mis pantalones del piso y me los puse, fui hasta la cocina y me hice un café y unas tostadas con manteca, nunca como nada a la mañana, pero ese día estaba antojado. Me llevé todo al escritorio y abrí la tapa de mi notebook, si bien el dinero no se estaba acabando, era hora de que me ponga a buscar un trabajo nuevo, estuve viendo unas páginas y envié por mail un currículum por un puesto de programador COBOL, siempre era lo mismo, una vez que te metés con COBOL es imposible escaparse. Pasé el día corrigiendo y escribiendo textos hasta que ni bien entrada la tarde sonó el teléfono, atendí porque estaba esperando la llamada, eran ellos, del trabajo, quedamos en una entrevista para mañana a las 9 a.m. muy temprano, parece que iba a tener que madrugar. Seguí escribiendo hasta que anocheció mientras tomaba unos whiskys con Coca Cola, puse el despertador y me fui a dormir temprano, como a las 3 a.m., eso es temprano para mí.
El despertador sonó a las 7 a.m., tenía una hora para cambiarme y desayunar, y una de viaje. Fui al baño a lavarme la cara, saqué del placard mi pantalón de vestir, tenía que estar presentable; intenté ponérmelo pero no me cerraba, tenía mucha panza, así que desistí y me puse un jean, con una camisa blanca; no era la mejor vestimenta pero me importaba una mierda, desayuné dos tazas de café y salí rumbo a mi entrevista. Cuando llegué al edificio me identifiqué con mi documento y subí por el ascensor, me recibió una chica muy linda que fue quien me hizo la entrevista, me ofreció algo de tomar, pero le dije que no. La entrevista fue normal, parecía que había quedado conforme con mis conocimientos, me dijo que por sí o por no me iban a llamar, aunque como siempre pasa en estos casos, lo más probable era que no me llamaran.
Ya que estaba por el centro fui a almorzar a un McDonald’s, estaba lleno de gente y eso me irritaba bastante, hice la cola hasta que me atendieron, pedí mi doble cuarto de libra con queso, como siempre, luego fui a buscar una mesa pero estaba todo lleno de gente, me puse a recorrer el lugar y veo a dos tipos sentados en una mesa y con su comida terminada, fui hasta allá.
—Disculpen, ¿ya terminaron de comer? —pregunté.
—Sí, pero estamos charlando —dijeron, mirándome con cara rara.
—Claro, el problema es que acá se viene a comer, no a charlar.
—No molestes, ¿dale? —dijo el otro sujeto.
—¿Perdón?, quiero comer y no hay mesas libres, ustedes están ocupando una y no están comiendo…
—No rompas las bolas flaco, y andá a comer tu hamburguesita a otro lado.
Dejé mi bandeja en el piso, me levanté de golpe con el puño cerrado y le calcé una piña, el sujeto cayó de su silla y quedó lamentarse en el piso, el otro se paró, intenté pegarle en la cara pedo me pegó en el estómago, quedé agachado aguantando el dolor y le pegué una patada en las pelotas, ahora el que se agachó fue él, para luego caer al piso, lo cagué a patadas hasta que se vieron las primeras gotas de sangre. El otro sujeto se estaba levantando y le pegué duro en el estómago, lo que hizo que se caiga de nuevo, lo agarré de los pelos y lo llevé arrastrando afuera, volví e hice lo mismo con el otro. La gente miraba y murmuraba escandalosa, pero yo recogí mi bandeja del piso y me senté a comer, no sé que pasó con los dos sujetos, creo que se habían retirado y de milagro nadie me había venido a echar del local, así que terminé mi hamburguesa, mis papas y mi gaseosa y me fui.
Caminé hasta la estación de subte, cuando éste llegó me subí y me acomodé junto a la puerta, mientras esperaba que el subte saliera entró un tipo rápido como una gacela, golpeó en la cara a una mujer que estaba hablando por celular, éste se calló al suelo, el sujeto lo tomó y quiso salir corriendo, pero le puse la pierna, tropezó y cayó al piso, el subte murmuraba conmocionado, lo agarré de las piernas y lo llevé para adentro, esta vez no fui yo quien dio el primer golpe, vino un sujeto y lo empezó a patear en las costillas, luego seguí su buen ejemplo y lo empecé a patear yo, luego vino otro sujeto, y otro, y otro más, se había desatado una orgía de violencia digna de película, el tipo tirado en el piso suplicaba, pero nadie escuchaba, brotaba sangre de su boca como si se estuviera desgarrando por dentro, lo agarré del cuello y quise darle unas trompadas en la cara pero se tapaba, le pedí a otros dos sujetos que le sostengan los brazos y abordé su cara a trompadas secas, primero su nariz se rompió, echaba sangre para todos lados, luego sentí bajo mi puño como se quebraban algunos dientes, su cara era como una esponja llena de sangre que no paraba de brotar, al final el tipo dejó de pelear y tratar de zafarse, se había desmayado, recién entonces lo dejé. Me dolía mucho la mano, parecía que aquel tipo tenía dientes de acero, al rato vino un policía y gritó que no se mueva nadie, me agarró con fuerza del brazo y me puso de espalda contra las barras de metal del subte, me esposó y agarró a otros dos tipos más, pidió refuerzos, que no tardaron en llegar y se le oyó pedir una ambulancia a través de su handy.
Fuimos todos a la comisaría donde pasamos la noche en el calabozo, un lugar mugriento, había una letrina para cagar y ninguna cama donde dormir, la única compañía además de los involucrados en la golpiza era un harem de cucarachas que se paseaban por toda la celda. Nos divertíamos matándolas y viendo quien lograba hacer el chasquido más fuerte al matar una. Esa noche algunos durmieron en el piso, yo dormí sentado contra una pared. Por la mañana me despertó el ruido de llaves abriendo la celda, era un policía que nos decía que salgamos. Me costó levantarme del piso, dormir ahí me había dejado de secuela un importante dolor de espalda. No sabía que hora era, pero parecía bien temprano, nos hicieron firmar unos papeles y salimos. Nos despedimos entre nosotros y le pregunté a un tipo que vendía flores en la calle dónde carajo estábamos parados, más o menos me ubiqué y logré tomarme un colectivo.
Cuando bajé fui al supermercado a comprar alcohol, compré dos vinos medio pelo y tres botellas de whisky. Por fin estaba otra vez en casa; mientras estuve preso se me habían ocurrido muchas ideas sobre qué escribir, me senté en mi escritorio y abrí un vino para festejar mi vuelta.
Una semana estuve sin salir de casa, el tiempo que tardó en acabarse el whisky, me había quedado bebiendo, escribiendo y durmiendo. Eran como las 10 a.m. cuando me despertó el teléfono, por supuesto que no atendí, me dejaron un mensaje, era la chica con la que tuve la entrevista, ya era hora, pensé que nunca me iban a llamar; llamé de vuelta y me dijo que me habían tomado, que pase a firmar el contrato y que empezaba este lunes, que justo era principio de mes. Hoy era miércoles así que me quedaban unos días de ocio. Decidí festejar abriendo un vino, el último que quedaba. Esa noche me fui a dormir temprano y a la mañana siguiente fui a firmar el contrato, el sueldo no era muy bueno pero era algo mejor que el anterior. Cuando volví fui a comprar más alcohol al supermercado y algo de comida porque ya me estaba quedando sin.
Los días pasaron y al fin llegó el domingo, iba a ir a trabajar al día siguiente; aquella mañana me bañé como para estar presentable, tomé unas cuantas tazas de café y me avoqué de nuevo a la escritura, el whisky bajaba, las hojas pasaban y sin darme cuenta se hizo la 1 de la mañana, ya era hora de ir a dormir si quería levantarme a las 7 a.m. y no ser un zombie todo el día. No funcionó, me acosté a las 5 a.m. y dormí sólo dos horas. El lunes me levanté, tomé un café y salí rumbo a mi nuevo trabajo, llegué temprano, algo raro en mí, pero ya había gente, saludé a mi jefe y me presentó con mis nuevos compañeros de turno, tenía mucho sueño y mi cerebro trabajaba lento, me senté frente a la computadora sin nada que hacer y un compañero vino a hablar conmigo, si hay algo que no quería era socializar con alguien, yo casí no hablaba pero aún así le contestaba. Creo que estuvo una hora hablándome hasta que me cansó.
—Flaco, ¿te podés callar? —le dije.
—¿Cómo?
—Que te calles, me tenés podrido hablando tantas pelotudeces juntas.
—Eh, qué te pasa! —dijo mientras se levantaba de la silla con cara de ofendido y me daba un golpe suave en la nuca.
—Volvé a hacer eso y te parto todos los dientes —repliqué.
—¿Ah sí?, hacelo si tenés los huevos, dale, maricón. Bajo mi puño cerrado sentí como su mandíbula se dislocaba emitiendo un crujido seco.